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UN PACTO CON EL DIABLO

“Para muchas personas, su problema es sencillo; demoran el realizar una acción necesaria que suponga ciertos riesgos e inconvenientes. Recordemos, a modo de ejemplos, el ingeniero sin empleo que se angustia cuando tiene que acudir a entrevistas para solicitar puestos de trabajo, o el joven que es demasiado tímido para aproximarse a las muchachas.
Su problema se complica cuando intentan alcanzar su objetivo de un modo que no suponga riesgo y su actitud se vuelve entonces excesivamente cauta. Los amigos o los socios agudizan involuntariamente el problema al animarles y urgirles que “den el paso”. Por lo general lo hacen de un modo destinado a inspirar confianza al sujeto, señalándole que no hay nada que temer, que se trata de algo que puede hacer perfectamente, etc. Este bien intencionado modo de animar al sujeto es por lo general interpretado por éste como un no tener en cuenta su ineptitud o el riesgo auténtico de fracaso y rechazo implicado en la acción. En todo caso, si se le dice “ya verás como lo puedes hacer”, aumenta su miedo al fracaso.

Cuando alguien de estas características comienza la psicoterapia, está plenamente absorbido por un dilema: aquello que desea alcanzar es para él lo más importante y urgente, ya que se le está acabando el tiempo, el dinero, etc.., y ya que la urgencia es tan grande, lo más importante de todo es que no haya riesgo alguno de fracaso que ponga en peligro la eventual acción a emprender. Si el psicoterapeta se deja captar también por tal dilema, dará consejos acerca de cómo el paciente puede superar su ansiedad y emprender los pasos necesarios. El paciente, tras escuchar atenta y amablemente estos consejos, los rechazará como impracticables, o bien afirmará que no tendrá oportunidades para llevarlos a buen fin o dirá que ya los ha intentado antes, sin resultado y por tanto ¿para qué repetir algo que está seguro que va a fallar? Pero a cada rechazo, sin embargo, retorna por lo general a una petición directa o indirecta de que el psicoterapeuta le aconseje otra cosa, y así va repitiendo el ciclo. Una psicoterapia así termina con frecuencia cuando el paciente, habiendo agotado las posibilidades del psicoterapeuta, anuncia que el tratamiento no le sirve para nada y que será mejor ir a ver a otro especialista o hacer otro género de psicoterapia. (Es un hecho corriente que estos pacientes hayan pasado por diversos tratamientos de distintas clases y de breve duración).
El “pacto con el diablo” es una maniobra que permite al psicoterapeuta abordar el dilema atacándole por completo de flanco y, paradójicamente, invirtiendo la cuestión de riesgo. Ya que el paciente no puede negar su actitud precavida, y ya que es evidente que su problema no ha experimentado modificación alguna en otros tratamientos psicoterápicos anteriores, se le dice que existe un plan que hará muy probable el logro de su objetivo, pero que seguramente lo rechazará si se le presenta meramente como otra sugerencia, y por ende tan sólo le será revelado si primero promete llevarlo a cabo sin tener en cuenta lo difícil, inconveniente o irracional que parezca. Sin darle detalles, tan sólo se le dice que la ejecución del plan está dentro de sus posibilidades y capacidad y que no será ni peligroso, ni caro. Para motivar más la aceptación por parte del paciente, se le dice:

Si tiene usted todas las posibles respuestas a su problema, no me necesita realmente, pero si no cuenta usted con tales respuestas, necesita mi ayuda, y yo creo que tan sólo se la puedo prestar de este modo

En este momento, el cliente pedirá alguna explicación para averiguar los riesgos implicados en dicho plan, antes de aceptarlo, pero el psicoterapeuta mantendrá su postura del principio de “no dar detalles antes de que se comprometa a cumplirlo”. Ya que el paciente tiene por lo general cierta urgencia en cuanto a tiempo, esto puede utilizarse diciéndole:

Ya me doy cuenta que le estoy exigiendo mucho, como si me tuviese que dar usted un cheque en blanco. Creo que resultaría adecuado que lo pensara detenidamente antes de decidirse y que me diera su respuesta la semana próxima.

Se le dirá que si su respuesta es negativa, se considerará concluido el tratamiento.
Esta maniobra coloca al paciente en una curiosa posición: tan sólo puede responder “sí” o “no”. Si dice “no”, sin saber qué es lo que está rechazando, excepto que se trata de algo que probablemente le sacaría de apuros, está forzado a adoptar una decisión. Además, se ve entonces obligado a reconocer, por el mero hecho de su elección negativa, que su problema no es tan importante o urgente, en cuyo caso carece de importancia más psicoterapia o buscar más consejos de amigos. Si acepta, se compromete a seguir una orden de otra persona sin ninguna oportunidad de examinarla primeramente mediante la razón y la lógica. Así, al aceptar o al rechazar este “pacto con el diablo”, está asumiendo un riesgo al menos igual al involucrado en cualquier acción referente a su problema, ya que se ha puesto a ciegas en manos de otra persona. Una vez que ha consentido en esto último, no hay mucha diferencia si el plan supone una aproximación más segura y gradual a la situación de riesgo, o si se trata de alguna acción más drástica o muy diferente, ya que el mero hecho de aceptar el plan, consistente en hacer cuanto se le ordene, representa ya un cambio con respecto a su actitud original de “sobre todo, cautela”.
El “pacto con el diablo” es un ejemplo especialmente claro, mediante el cual podemos resumir de nuevo nuestra teoría del cambio: mientras que el paciente y el psicoterapeuta permanezcan dentro de la trampa creada por el primero, el problema persistirá. Dentro de dicha trampa se puede intentar muchas soluciones distintas, pero todas ellas conducen invariablemente al mismo resultado: un cambio 2 igual a cero. Dentro de dicha trampa, la pregunta: “¿qué otra cosa puede hacer el paciente?” tan sólo conduce a acentuar el problema que se supone hay que resolver y crea un juego sin fin. El “pacto con el diablo”, por otra parte, ataca la trampa misma, es decir, a la clase y no a los miembros de ésta. Sustituye el viejo juego por otro nuevo, en el cual se ha de asumir un riesgo, si bien este último consiste solamente en rechazar el pacto.”

(De “Cambio”. Watzlawick, Weakland y Fisch. Herder)

EN LOS HOMBROS DEL GIGANTE

El constructo de “sistema perceptivo reactivo”
 y  de”soluciones intentadas”

“El sistema perceptivo-reactivo (Nardone, Watzlawick, 1990), es decir, el modelo recurrente y redundante por el que una persona que padece un trastorno responde en virtud a autoengaños y no a otra cosa, es uno de los constructos fundamentales de la terapia breve, evolucionada por mí respecto a los enfoques tradicionales con la intención de hacer más sistemático y riguroso el modelo estratégico. Esto provocó hace 20 años el desacuerdo por parte de todos mis maestros. Todos menos uno, Paul Watzlawick, opinaban que construir protocolos de tratamiento específicos significaba violar el enfoque que daba Palo Alto a la terapia, libre de esquemas prefijados. Los más rígidos, no obstante, no tenían suficientemente en consideración el riesgo de que su enfoque, privado de esquemas prefijados de forma intencional para alejarse del conductismo, no resultase riguroso y esto, desde mi punto de vista, se configura como el gran límite del modelo del Mental Research Institute. El concepto fundamental de la terapia breve de Palo Alto era: concentraos en las soluciones intentadas que mantienen el problema, interrumpid el círculo vicioso de soluciones intentadas para desbloquear la situación patológica; concepto éste que desde mi punto de vista fue la intuición operativa más inteligente del siglo pasado.

El MRI en Palo Alto, California

John Weakland, el primero en hablar de ello, después Paul Watzlawick y los demás, empezaron a pensar que desde el punto de vista de la interacción, del autoengaño y del cambio, al afrontar un problema las personas tienden a poner en práctica estrategias que se mantienen a pesar de que no funcionan, exageran su puesta en práctica hasta que se vuelven ineficaces. En otras palabras, cuando tengo un problema, aplico un intento de solución y, si no funciona, pienso que no lo he aplicado bien, [] de modo que insisto; si funciona, el hecho de aplicarlo de manera reiterada incluso a situaciones diferentes hace que tras la mejoría inicial, el resultado desaparezca, pero continúo insistiendo. Éste es el constructo fundamental de los albores del enfoque estratégico.
El problema surgió cuando se pensó que trabajar sobre las soluciones intentadas era suficiente [] y no se consideró que [] yo puedo tener una persona que se ilusiona en combatir un problema con una solución que es funcional y, precisamente porque es buena, insiste en aplicarla hasta que se convierte en un guión persistente.  El obsesivo-compulsivo lleva a cabo el ritual porque cree que reduce la ansiedad y el ritual funciona; por tanto, cree que ésta es la solución a su miedo; sin embargo, reiterado en el tiempo se convierte en el auténtico problema. [] Se trata, pues, de modelos recursivos que se estructuran como modalidades reiteradas y persistentes. []

Paul Watzlawick

Mi idea era poder convertir el modelo de terapia estratégica de Palo Alto en empíricamente verificable y poder obtener una especie de mapa más preciso de las soluciones intentadas típicas de las diferentes patologías. [] Si la solución me explica cómo funciona el problema, puedo disponer de estrategias para resolverlo con más rapidez. Los protocolos de tratamiento nacieron, por lo tanto, al poner a punto estratagemas específicas para cada tipo de lógica que mantiene el problema. [] Un modelo riguroso que guía a quien lo utiliza a saber lo que hay que hacer desde el principio hasta el final, pero también a cómo comportarse si el paciente, como en el juego de ajedrez, hace un movimiento diferente del previsto.. [] Tener recorridos predecibles, no limitantes y que dejen espacio a una flexibilidad que permite inventar siempre algo nuevo, representa el salto de nivel entre la terapia breve tradicional y la terapia breve estratégica evolucionada. [] La idea de trabajar sobre las soluciones intentadas sin “hacer un mapa” de la estructura recurrente de la patología, si se convierte en rechazo de cualquier categorización, incluso estratégica, se convierte en un límite.
Paul Watzlawick []nunca pensó que esto fuese un límite sino un recurso y siempre me incentivó a ir en esta dirección al creerla un adelanto importante desde el punto de vista de la lógica de la intervención terapéutica. []
También ahora, cuando discuto de esto, la dificultad es que la mayoría de los colegas parte del presupuesto de que no se puede formalizar la técnica -cosa que favorecería entre otras cosas al terapeuta, que no tendría que inventarse cada vez una terapia nueva- sino que se tiene que trabajar sobre la persona del terapeuta. []

Milton Erickson tratando a una paciente 

Una de las disputas más simpáticas a este propósito tiene que ver con el trabajo de Milton Erickson del que se dice que no quería formalizar ninguna teoría porque para él cada caso era una terapia nueva que inventar. Si, no obstante, como ha dicho Bill O´Hanlon, analizamos su trabajo clínico, vemos que Erickson en casos del mismo tipo hace las mismas cosas, algunos dirían que de modo inconsciente; en realidad, las soluciones que funcionan tendemos a replicarlas también nosotros los terapeutas. Lo que los ericksonianos rechazan aceptar demasiado a menudo es la importancia de utilizar la lógica y no sólo la sensación, la relación, la persona; un enfoque, desde mi punto de vista, demasiado arriesgado. []

La estrategia que funciona nos ha descrito la estructura de la persistencia del problema. Esto, en términos de modelo de intervención, representa el paso de una fase artesanal a otra tecnológica: el modelo se vuelve eficaz, eficiente y replicable, transmisible y predecible. De este modo la psicoterapia puede convertirse en una auténtica disciplina científica más allá de una simple serie de técnicas terapéuticas que se basan en teorías que hay que demostrar. “

(De “Surcar el mar sin que el cielo lo sepa”.G. Nardone y Elisa Balbi. Herder)

CAMBIO 1 Y CAMBIO 2

Robert William Buss, “El sueño de Dickens”

“La teoría de grupos nos proporciona una base para pensar acerca de la clase de cambios que pueden tener lugar dentro de un sistema que, en sí, permanece invariable, [] la teoría de los tipos lógicos nos proporciona una base para considerar la relación existente entre miembro y clase y la peculiar metamorfosis que representan las mutaciones de un nivel lógico al inmediatamente superior. Si aceptamos esta básica distinción entre ambas teorías, se deduce que existen dos tipos diferentes de cambio: uno que tiene lugar dentro de un determinado sistema, que en sí permanece inmodificado, y otro, cuya aparición cambia el sistema mismo. Para poner un ejemplo de esta distinción, en términos más conductistas: una persona que tenga una pesadilla puede hacer muchas cosas dentro de su sueño: correr, esconderse, luchar, gritar, trepar por un acantilado, etc. Pero ningún cambio verificado de uno de estos comportamientos a otro podrá finalizar la pesadilla. En lo sucesivo designaremos a esta clase de cambio como cambio 1. El único modo de salir de un sueño supone un cambio del soñar, al despertar. El despertar, desde luego, no constituye ya parte del sueño, sino que es un cambio a un estado completamente distinto. Esta clase de cambio la denominaremos en lo sucesivo cambio 2. Cambio 2 es por tanto cambio del cambio, es decir, el fenómeno cuya existencia negaba tan categóricamente Aristóteles. []

Mientras que resulta relativamente fácil establecer una clara distinción entre cambio 1 y cambio 2 en términos estrictamente teóricos, esta misma distinción puede resultar extremadamente difícil de realizar en situaciones reales de la vida. [] Un sistema que pase por todos sus posibles cambios internos (sea cual fuere su número) sin que se verifique en él un cambio sistémico, es decir, un cambio 2, puede considerarse como enzarzado en un juego sin fin. No puede generar desde su propio interior las condiciones para su propio cambio; no puede producir las normas para el cambio a partir de sus propias normas. [] Los juegos sin fin son precisamente lo que su propio nombre indica: son interminables en el sentido de que no contienen en sí condiciones para su propia terminación. La terminación (como el despertar, en el ejemplo puesto acerca de la pesadilla) no constituye parte del juego, no es un miembro de dicho grupo; la terminación es meta con respecto al juego, es de un tipo lógico diferente a cualquier movimiento (cualquier cambio 1) dentro del juego.. 

El barón de Münchhausen
Existe, sin embargo, el hecho innegable de que, muy lejos de ser imposible, el cambio 2 constituye un fenómeno que se da cotidianamente: la gente encuentra nuevas soluciones, la naturaleza encuentra siempre nuevas adaptaciones []. De hecho, el criterio más útil para juzgar la viabilidad o salud de un sistema es exactamente aquella extraña capacidad, fuera de lo común, que demostró el barón de Münchhausen cuando se sacó a sí mismo del cenegal tirándose de su propia coleta. []
El cambio 2 resulta introducido en el sistema desde el exterior y por tanto no es algo familiar o inteligible en términos de las vicisitudes de cambio 1. De aquí su naturaleza chocante y aparentemente caprichosa. Pero visto desde fuera del sistema, supone meramente un cambio de las premisas que rigen al sistema como totalidad. [] Cualquier cambio de dichas premisas ha de ser por tanto introducido a partir de un nivel aún más elevado. []

Un ejemplo hasta cierto punto abstracto, pero muy sencillo, expresará más claramente esto. Los nueve puntos representados en la figura deben ser conectados entre sí mediante cuatro líneas rectas sin levantar el lápiz del papel. El lector que no conozca este problema hará bien en detenerse aquí e intentar la solución del mismo sobre una hoja de papel, antes de continuar leyendo y sobre todo, antes de ver la solución. 

El problema de los 9 puntos

Casi todos los que intentan por primera vez resolver este problema introducen como parte de la solución un supuesto que hace esta última imposible. El supuesto consiste en que los puntos constituyen un cuadrado y que la solución debe hallarse dentro de este último, condición autoimpuesta que no está contenida en las instrucciones. Así pues, el fallo no reside en la imposibilidad de la tarea, sino en la propia solución intentada. Habiéndose así creado el problema, no importa en absoluto la combinación de las cuatro líneas que se intenta y el orden en que ello se haga: se terminará siempre con un punto no conectado. Ello significa que se pueden recorrer todas las posibilidades de cambio 1 existentes dentro del cuadrado, pero que jamás se resolverá el problema. La solución consiste en un cambio 2, en abandonar el campo en que se intenta la solución y al que no puede estar contenida, ya que ésta comprende la colección entera y, por tanto, no puede ser parte de la misma. Muy pocos llegan a resolver por sí solos el problema de los 9 puntos. Aquellos que fallan y renuncian experimentan por lo general una sorpresa ante la inesperada simplicidad de la solución. Resulta evidente la analogía de este ejemplo con multitud de situaciones reales de la vida. “


(De “Cambio. Formación y solución de los problemas humanos”. Watzlawick, Weakland y Fisch. Herder)

DE CÓMO EMPEZÓ TODO

“En el año 1983, en el transcurso de una jornada normal de trabajo, acudió a mi despacho un señor procedente de un pueblo cercano a Arezzo, que presentaba un cuadro desesperado de miedos y obsesiones que le perseguían desde hacía años. Este individuo transformaba cualquier alteración mínima de las sensaciones corporales en un claro signo de haber contraído quién sabe qué oscuro mal. []
Le pregunté a la persona por qué motivo, después de haber probado tantos remedios, se había dirigido a mí, que era joven e inexperto, y le declaré que poca cosa podría hacer por él teniendo en cuenta la complejidad del problema y mi escasa experiencia. Nuestra primera conversación, en la que [] yo le repetí insistentemente las escasas probabilidades de curación y mi total escepticismo respecto a mis posibilidades de actuación en su caso, se desarrolló en una atmósfera de total pesimismo y desesperanza. Unas semanas más tarde volví a verlo y me encontré frente a una persona completamente cambiada. Sonriente y sereno, me explicó que desde hacía días ya no sufría aquellos graves trastornos y que sentía con más deseos que nunca reconstruir una nueva vida sobre la base de su nuevo estado de salud y de carga psicológica. Más sorprendido que él ante tal cambio, quise averiguar cómo se había producido y le pedí que me explicara qué le había sucedido durante aquella semana. Al salir de mi despacho el paciente se sentía profundamente deprimido, desanimado y con ganas de acabar con todo. [] En este estado de desesperanza había pensado seriamente en cómo quitarse la vida. [] Pensó, tal vez porque vivía cerca de la vía del tren, en arrojarse al tren. Así pues, cuando el sol estaba a punto de desaparecer por el horizonte, se tumbó sobre las vías, meditando acerca de todas las cosas malas del mundo, mientras esperaba el liberador paso del tren. Pero, curiosamente, en aquel momento sólo acudían a su mente las posibles cosas hermosas de su existencia [] hasta tal punto que se sumió en una especie de profundo relajamiento y se abandonó a todas esas imágenes mentales de una posible existencia feliz. Al cabo de un rato, el ruido del tren que se aproximaba lo despertó de aquel estado placentero. [] Dando un brinco, se apartó de la vía antes de que el tren le alcanzase. Había vuelto a la realidad. []
Este caso cambió completamente mis concepciones de entonces sobre la terapia, puesto que parecía impensable, a la luz de las concepciones tradicionales de la psicoterapia, que se pudiese haber producido una curación tan completa y rápida. Esta experiencia resultó ser para mí como una especie de iluminación.
Me acordé de las obras de Erickson, que había leído hacía tiempo y que entonces me habían parecido relatos de hechicerías y no terapias rigurosas. La idea que se formó y fue cobrando fuerza en mi mente fue que sería fantástico conseguir provocar deliberadamente, mediante intervenciones sistemáticamente construidas, cambios repentinos como el que se había producido por casualidad. [] Con estas ideas en la cabeza me dispuse a releer atentamente las obras de Erickson. [] Tal refinamiento estratégico y sistematicidad táctica los hallé más tarde, estudiados de modo aún más riguroso, de acuerdo con la moderna epistemología y las investigaciones en el campo de las ciencias humanas, en las publicaciones de Watzlawick, Weakland y sus colegas de la escuela de Palo Alto.

Otro episodio divertido, a la vez que casual, me sucedió precisamente en aquella época. Una día de Julio de aquel mismo año se hallaba en mi despacho una señora afectada de trastornos de pánico y agorafobia. Desde hacía algunos años no se atrevía a salir de su casa si no era en compañía de alguien y tampoco podía quedarse sola en casa sin ser presa del pánico. Como hacía mucho calor, me levanté y fui a abrir la ventana; al apartar la cortina, la barra de la que colgaba se salió del soporte y cayó sobre mi cabeza, golpeándome fuertemente con el extremo puntiagudo. De momento yo quise quitar dramatismo al incidente haciendo algunas bromas sobre el ridículo suceso y me senté para proseguir la conversación con la señora que, según observé, se había puesto pálida; en ese instante percibí claramente cómo la sangre manaba de mi cabeza. Me levanté, con la intención de seguir tranquilizándola con alguna broma, me dirigí al baño y al mirarme al espejo me di cuenta de la importancia de la herida. [] Le dije que alguien debía llevarme a un servicio de urgencias para que me atendieran debidamente. La paciente se ofreció enseguida y, olvidándose de que hacía años que no conducía a causa de su fobia, condujo mi coche hasta el hospital, donde asistió impertérrita a toda la actuación de los médicos, incluida la desinfección y sutura de la herida. []
Regresamos luego al despacho, y allí el marido, contempló atónito cómo regresaba tranquilamente conduciendo el coche. [] De hecho, en los días siguientes al episodio narrado la señora empezó a salir sola y a reanudar gradualmente muchas actividades, que hasta entonces había abandonado a causa del miedo. []
Como comprenderá el lector, este casual y curioso episodio también me hizo reflexionar mucho y me llevó a pensar qué hermoso sería provocar experiencias concretas semejantes a ésta, por medio de prescripciones deliberadamente impuestas a los pacientes. []
A partir de entonces mis estudios y mis aplicaciones en el campo clínico se focalizaron en el estudio experimental y en el diseño de estas tipologías de intervención <>, es decir, formas de tratamiento breve elaboradas sobre la base de objetivos propuestos, capaces de conducir a los sujetos al cambio sin darse a penas cuenta de que cambian.”

(De “Miedo, pánico, fobias. La terapia breve”. Giorgio Nardone. Herder Editorial)

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