MIDIENDO LÍMITES: EL MIEDO A ALEJARSE

Una patología que puede parecer a primera vista igual a la del miedo a estar solo es la relativa a alejarse solo. La diferencia entre los dos tipos de trastorno, que a veces se suman o se superponen, reside en el hecho de que, por lo que concierne al segundo tipo, no es suficiente trabajar solo sobre la dependencia de los demás, sino que se hace necesario conducir al sujeto a superar concretamente los límites en el alejamiento de los lugares seguros que el miedo le impone.
Llegó a mí una joven parisina acompañada por su madre que manifestó una casi total incapacidad para alejarse de los lugares seguros. Su forma de temor se transformaba en pánico cada vez que consideraba el lugar seguro demasiado alejado para volver a él en el caso del advenimiento de su miedo paralizador. En el primer encuentro, después de haber indagado en detalle  todas las soluciones intentadas hasta entonces sin éxito por ella y por sus familiares para resolver el problema, se le administró junto con la “reestructuración del miedo a la ayuda“, la siguiente prescripción:

Muy bien, creo que deberíamos tener una medida lo más rigurosa posible de tus límites; por tanto, quiero que de aquí a la próxima cita cada día midas efectivamente tu límite. A este fin cada día a la misma hora sal con tu madre o con tu chico y dirígete a un lugar con espacios amplios y largas calles; una vez allí, deja a la persona que esté contigo en el punto más visible; luego aléjate caminando hasta el punto en que empieces a tener miedo; una vez allí detente. No debes ir en absoluto más allá. Solo quiero que midas tu límite. Gírate hacia el punto seguro y antes de regresar espera un minuto, durante el cual quiero que te concentres en observar y medir, anotando en un cuaderno todas tus reacciones de ansiedad y miedo, así podrás referírmelo. Después de esto, antes de encaminarte para regresar allí donde se encuentra la persona que está contigo, das diez pasos caminando hacia atrás; hecho esto, vuelve al punto de partida. Cada día repites este ejercicio en diferentes lugares y en distintas direcciones, así conoceremos tus límites y si éstos se mantienen o cambian.

Como comprenderá el lector, esta prescripción es solo aparentemente una indagación cognoscitiva, puesto que representa ya una importante intervención terapéutica. En la siguiente cita, la joven contó que había realizado de manera meticulosa su tarea, describiéndola así:

Todos los días fui en coche con mi madre o con mi chico a un punto de la ciudad donde hay una plaza y grandes calles que convergen en ella, dejé a la persona y me alejé hasta

que el miedo comenzaba a hacerse sentir. Me di cuenta de que estoy en condiciones de alejarme mucho más de lo que creía y, además, con los días la distancia se ha incrementado. Pero lo más sorprendente fue que, cuando permanecía quieta, tenía miedo de sufrir un ataque de pánico, pero escuchándome, tratando de sentir mi ansiedad, sentía que ésta no crecía; es más, me sentía decididamente tranquila. También he dado siempre los diez pasos hacia atrás, sin ningún temor, pero trataba de hacerlos de un modo no demasiado evidente porque me daba vergüenza. En efecto, un par de veces me ha ocurrido que algunas personas me miraron de una manera extraña.

Después de haber redefinido junto con la paciente los efectos de esta prescripción, proseguí pidiéndole que continuara con el mismo ejercicio, con una sencilla variante:

Dado que lo has hecho tan bien, cada vez habrás llegado a tu límite, y tengo curiosidad por saber si siempre es el mismo o si cambia; deberás esperar dos minutos observando tus reacciones, después de lo cual darás cincuenta pasos hacia atrás más allá de tu límite y luego volverás allí donde la persona te espera.

En la siguiente sesión contó que las cosas habían ido aún mejor que la vez anterior y que, en realidad, sus límites se habían ampliado mucho, que el miedo nunca se había presentado. El único problema había sido dar los cincuenta pasos hacia atrás porque le daba vergüenza. Por consiguiente, había puesto en práctica una pequeña variante. Había empezado a caminar hacia atrás al superar el límite y luego se había girado, pensando que en caso de miedo se pondría de nuevo a caminar hacia atrás. Pero esto nunca había sucedido.
Me congratulé con la joven por su simpática variación sobre el tema y, sobre todo, por las capacidades expresadas al seguir al pie de la letra mis consignas, y proseguí como sigue:

Como en el circo los ejercicios se hacen gradualmente más complicados, de aquí a la próxima sesión quiero que hagas algunos añadidos a tus tareas anteriores: esta vez, una vez que hayas llegado al límite diario, deberás permanecer quieta durante cinco minutos, siempre tratando de comprobar tus reacciones, después de lo cual los pasos hacia atrás o hacia adelante, como tú prefieras, más allá del límite, deberán ser esta vez cien.

Dicho esto la paciente me hizo una observación en verdad curiosa, considerada la situación inicial: me preguntó si, al alejarse de su acompañante, podía doblar también las esquinas y cambiar de calle y dirección, puesto que ahora ella se alejaba tanto que era difícil encontrar en la ciudad calles tan largas que le permitieran la completa ejecución de la tarea de manera rectilínea.

Aprovechando esta solicitud, le respondí que de ahora en adelante tendría una completa libertad para manejar sus alejamientos. Y añadí que si quería podría comenzar a alejarse sola incluso directamente desde casa, sin ir a buscar lugares como los designados en un principio. A la cuarta sesión la paciente contó que había hecho el ejercicio partiendo siempre desde su casa, para no molestar a su chico o a su madre. Añadió también que estaba muy sorprendida por las distancias que había recorrido, puesto que se había dado cuenta de que en cada ocasión permanecería fuera más de media hora. Por último, dijo que nunca había caminado hacia atrás, pero que había ido más allá del límite de la aparición del temor caminando naturalmente hacia delante. Haciendo esto había observado que, cuando se detenía durante cinco minutos para comprobar sus reacciones, el temor se desvanecía y, por tanto, estaba en condiciones de proseguir más allá del límite sin ningún problema y sin tener que realizar el extraño ritual de caminar hacia atrás. Es más, también contó que, a veces, una vez que había ido cien pasos más allá de su límite había sentido el deseo de ir aún más allá.
Después de estos informes la evolución de la terapia fue, sencillamente, la de pedirle que continuara con sus alejamientos, deteniéndose cada vez en el punto donde el temor surgiera para evaluarlo hasta que desapareciera, para luego proseguir más allá del límite a su voluntad.

Después de dos semanas, la joven dijo con entusiasmo  que había pasado sus mejores días desde que apareciera su patología, siete años antes, puesto que se había movido libremente por París, manifestando sólo algunos momentos de leve temor, que enseguida desapareció después de evaluarlo. Se había sentido por primera vez liberada del miedo y capaz de afrontarlo con éxito. En este punto, como es importante hacer en estos casos, se le explicó en detalle a la paciente qué se había hecho con ella, comentando los tipos de estratagemas utilizados para conducirla a recuperar sus recursos personales y la confianza en sus capacidades. A la siguiente cita, después de un mes, volvió sola, sin ningún acompañante. ¿Qué mejor prueba podía haber de su curación que llegar de París a Arezzo sin tranquilizadoras compañías? []
En las posteriores sesiones de control mostró su completa rehabilitación posterior, contando que incluso había hecho sola algunos agradabilísimos viajes.

(De “Más allá del miedo. Superar rápidamente las fobias, las obsesiones y el pánico” Giorgio Nardone. Paidós)

Alicia García AguiarAutor: Alicia García Aguiar Psicoterapeuta especialista en Terapia Breve Estratégica y miembro afiliado del CTS que dirige Giorgio Nardone. Encuentra en este blog el tratamiento para todo tipo de trastornos desde la TBE y la Terapia Breve en general y mantente informado de las últimas novedades sobre libros, cursos y seminarios de Giorgio Nardone

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ESCUELA DE PALO ALTO: EL INTENTO DE DOMINAR UN ACONTECIMIENTO APLAZÁNDOLO

Los pacientes que se ven atrapados por esta contradicción suelen quejarse de estados de terror o de ansiedad, por ejemplo fobias, timidez, bloqueos en la escritura o en otras áreas creativas, bloqueos en el rendimiento (hablar en público, miedo a salir en escena), y de fenómenos similares. []
Las fobias constituyen un excelente ejemplo de esta categoría, y nos brindan una clara ilustración acerca de cómo surgen y se conservan los problemas de este tipo. Con gran frecuencia, las fobias comienzan de un modo inocuo. El futuro paciente fóbico no experimentaba ninguna dificultad para llevar a cabo determinada tarea pero, en un momento dado, choca con inconvenientes inesperados e inexplicables para realizarla. Se trata muy a menudo de una tarea que implica cierto riesgo, aunque sea muy reducido. Después de haber experimentado la dificultad, el futuro paciente comienza a especular sobre ella y se alarma al pensar que podría reaparecer en circunstancias peligrosas, mortificantes o humillantes para él.

A esto lo solemos llamar la feliz idea de “qué pasaría si…”: 
¿Qué pasaría si me da un vahído mientras voy conduciendo el coche, pero estoy en el puente y no puedo salir de la carretera?
¿Qué pasaría si se atasca el ascensor, no puedo salir, y pierdo el control de mi mismo?

El problemático estado de la cuestión suele agravarse al principio del proceso, cuando el futuro paciente decide que se está comportando como un tonto y que necesita probarse a sí mismo. Por lo común, su aprensión provocará una profecía que se cumplirá a si misma. Una vez confirmados sus peores temores, el sujeto se halla en disposición de adquirir una fobia perfectamente desarrollada.
El problema puede llegar a niveles fóbicos o limitarse a ser una reacción de ansiedad pero el futuro paciente considera que el acontecimiento temido es algo que él no está en condiciones de dominar. En es como si el acontecimiento fuese un dragón que el sujeto tiene que matar, pero para lo cual no posee el arma secreta que, al parecer, tienen todos los demás. El hecho de que la mayoría de las personas no parecen tener dificultades con el dragón constituye un factor que el futuro paciente utiliza como elemento de su intento de solución: se dice a sí mismo que, puesto que la tarea resulta en realidad algo sencillo y fácil para los demás, él no tendrá ninguna dificultad en llevarla a cabo. Al mismo tiempo se siente vulnerable y no se encuentra preparado para realizarla. (Sería extremadamente difícil desarrollar una fobia con respecto a una tarea considerada generalmente como algo arduo o peligroso, por ejemplo, el deporte de esquí. En tal eventualidad, uno se limitaría a definir el propio temor como perfectamente lógico y justificado, y aceptaría no poseer excesivo coraje.)

Así, el paciente se introduce en un problema inacabable, que aplaza al enfrentarse al dragón mediante una constante preparación para tal enfrentamiento. El estudiante que teme a los exámenes pide que se posponga una prueba, por más que haya estudiado para ella: el joven tímido que teme ser rechazado por una mujer, no la invita a salir. Por el contrario, esperará hasta hallarse con el estado de ánimo apropiado, o a que sus amigos más afortunados le hayan comunicado el truco del éxito seguro.
Esencialmente el intento básico de solución del paciente consiste en prepararse para el acontecimiento temido, de modo que ese acontecimiento puede ser dominado con antelación. El terapeuta debe evitar formular interpretaciones o directrices que sean meras variantes de esta solución. Este tipo de intervenciones sólo servirían para prolongar el problema. Lo que se requiere son directrices y explicaciones que expongan al paciente a la tarea, al tiempo que exigen una ausencia de dominio (o un dominio incompleto) de ella, como sucede en el siguiente ejemplo:

Terapeuta (a un estudiante con miedo a los exámenes): En el próximo examen, no me importa la calificación que usted obtenga sino más bien el hecho de que es una oportunidad para aprender algo más acerca de su problema. De hecho, le garantizo que, por más que haya estudiado, no obtendrá en él una nota superior a 90 sobre 100. Cuando le entreguen el cuestionario de examen, quiero que lea detenidamente las diez preguntas que aparecen en él. Entonces, elegirá una y la dejará sin respuesta, a pesar de lo mucho que sepa sobre el tema. Tengo el máximo interés en cómo elegirá usted dicha pregunta, porque gracias a este proceso aprenderá usted algo útil sobre su problema. []

En los casos en que el paciente teme ser rechazado por el sexo opuesto, se le pedirá que incremente deliberadamente las posibilidades de rechazo. Puede pedírsele que vaya a algún sitio donde la gente se reúne y que elija a la mujer más atractiva de las allí presentes, acercándose a ella con esta sencilla autopresentación: Me gustaría conocerla mejor, pero soy muy tímido al hablar con mujeres.
También hay que decirle al paciente que, en tales circunstancias, es probable que se vea rechazado ya
que, después de todo, ha elegido a una mujer muy llamativa y su presentación es absurdamente sencilla. Incluso en el caso de que no sea rechazado, se le indica que no la invite a salir o a verse otra vez puesto que el objetivo propio de la tarea asignada es inmunizarlo al impacto del rechazo, y no conocer a las mujeres.

El hilo conductor de las estrategias de solución ante los problemas de miedo-evitación es, por consiguiente, exponer al paciente a la tarea temida, al mismo tiempo que se le impide que la acabe con éxito. Como ya se ha explicado, esta estrategia general puede usarse como plan global, dado que la solución más frecuentemente adoptada por los pacientes consiste en evitar la tarea al mismo tiempo que se obligan a sí mismos a dominarla.

(De “La táctica del cambio. Cómo abreviar la terapia“. Fisch, Weakland y Segal. Herder)

Alicia García AguiarAutor: Alicia García Aguiar Psicoterapeuta especialista en Terapia Breve Estratégica y miembro afiliado del CTS que dirige Giorgio Nardone. Encuentra en este blog el tratamiento para todo tipo de trastornos desde la TBE y la Terapia Breve en general y mantente informado de las últimas novedades sobre libros, cursos y seminarios de Giorgio Nardone

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LA OBSESIÓN DE PERDER EL CONTROL DE LOS ESFÍNTERES

“Se presenta un señor de mediana edad, elegante y refinado, que al relatar el trastorno que lo ha traído desde una ciudad muy lejana hasta mi se expresa con un lenguaje extremadamente intelectual y prolijo, pero expone un problema verdaderamente tan grotesco en su naturaleza como trágico en sus efectos: el terror de hacer sus necesidades fisiológicas en público. En otros términos, sobre la base de progresivos problemas de colitis, el señor, que desarrollaba una profesión intelectual y artística de alto nivel, por lo cual debía mostrarse en público frecuentemente, había comenzado a imaginar la posibilidad de perder el control sobre su intestino recto, durante alguna de sus apariciones públicas, y por consiguiente perder el control de sus esfínteres.
Si bien nunca antes había tenido una experiencia concreta de este tipo, la duda que esto pudiera acontecer lo obligaba a tomar precauciones. []
La situación había presentado una escalada tal que en los últimos años este famoso personaje casi se había retirado en una especie de aislamiento defensivo, evitando cualquier situación pública en la cual se pudiese manifestar su problema. Todo esto, en vez de tranquilizarlo, lo había conducido a incrementar cada vez más su fijación fóbica, hasta el punto de inducirlo a tener siempre necesidad, cada vez que salía de su casa, de tener un baño cerca, para poder emplearlo en caso de emergencia. En la práctica, él tenía un mapa mental de todos los baños utilizables en caso de emergencia dentro de su limitado territorio, además comía solamente algunos alimentos que tenía la seguridad de poder tolerar. []
Después de la primera consulta caracterizada por ejercicios preliminares, las consultas posteriores se centraron en buscar la interrupción de las dos soluciones intentadas del paciente que mantenían el problema, es decir, su intención obsesiva de controlar el síntoma focalizándose siempre en escuchar su intestino y su resolución de evitar cualquier situación de riesgo, incluídos muchos alimentos y lugares en donde no hubiese un baño listo para el uso.
La técnica fundamental empleada en este caso fue la de la peor fantasía, que se aplica también en otros trastornos como el pánico, la depresión y los bloqueos de performance.
En la práctica, esta técnica se desarrolla mediante una serie de ejercicios sucesivos; el primero es el siguiente:

Bien, supongo que usted tiene un reloj despertador en su casa, de aquellos que tienen un timbre desagradable. Pues todos los días a la misma hora, que ahora acordaremos entre los dos, deberá activar este despertador y programarlo para que suene media hora más tarde. En esta media hora, usted se encerrará en una estancia de casa y, sentado en una butaca, se esforzará por sentirse mal, se concentrará en las peores fantasías relacionadas con su problema [] hasta producirse voluntariamente una crisis de ansiedad y pánico, permaneciendo en este estado durante media hora. Apenas suene el despertador, usted detendrá el timbre e interrumpirá la tarea [], irá a lavarse la cara y regresará a sus actividades habituales.

Nuestro paciente refirió haber tenido una reacción para él imprevisible, que por el contrario es la más usual cuando se asigna este ejercicio. No logró estar mal, no consiguió ni siquiera provocarse una crisis de miedo o ansiedad. Aunque imaginaba las peores fantasías posibles le llegaban incluso fantasías positivas, y todas las veces se había relajado mucho, dos veces incluso se había dormido.
De la manera habitual, le dije que éste era el efecto deseado [], podía comenzar a emplear esta técnica basada en la lógica de la paradoja, ejercitándose hasta aprender a cancelar el miedo, exasperándolo deliberadamente.
De este modo, asigné la siguiente prescripción:

De aquí a la próxima sesión, en vez de retirarse durante media hora para hacer nuestro ejercicio, usted lo realizará cinco veces por día durante cinco minutos cada vez, en donde esté, con quien esté, en los horarios que yo le daré: a las 9, a las 12, a las 15, a las 18 y a las 21 horas; usted mirará su reloj y durante cinco minutos, en el lugar donde se encuentre, tratará de esforzarse para que su trastorno se manifieste; recuerde, no se debe aislar, debe realizar la tarea en el marco de las actividades que esté desarrollando a esas horas.

El señor me miró asustado diciendo:

¿Pero usted quiere que haga mis necesidades en público?

Y yo repliqué sonriendo:

Podría también suceder, pero usted ha tenido la innegable demostración que cada vez que se provoca voluntariamente este trastorno, éste no llega. Entonces, siga mi prescripción; además, acordamos en la primera sesión que usted realizaría cualquier cosa que yo le pidiera.

En la siguiente consulta, el paciente regresó por primera vez con una expresión sonriente, debido a que en la semana anterior había estado definitivamente mejor. No sólo durante varios de los cinco minutos de ejercicio paradójico no se había sentido mal, sino que, al darse cuenta de que de esta manera su miedo decrecía, se había aventurado espontáneamente a alejarse de su casa, más allá de los usuales límites de los baños conocidos.
De aquí en adelante, la terapia prosiguió aumentando las exposiciones al riesgo del sujeto, incrementando su confianza en la técnica de cancelar el miedo provocándolo deliberadamente, hasta conducirlo a ponerla en práctica también cuando el temido trastorno surgía de repente. [] Efectivamente, cuando surgía espontáneamente el miedo a cualquier señal de su intestino, bastaba con provocar el miedo deliberadamente para que éste se desvaneciera, junto con las sensaciones somáticas.
En el lapso de 10 sesiones nuestro intelectual recuperó completamente la autonomía y la capacidad de presentarse en cualquier aparición pública, sin tener más el terror de hacer sus necesidades en público, y además recomenzó también por su propia cuenta a comer alimentos de presunta intolerancia para su intestino, descubriendo que también podía tolerar y digerir alimentos grasos y pesados que pensaba que nunca más podría volver a consumir.”

(De “Psicosoluciones”. Giorgio Nardone. Herder)

DEL MIEDO PATOLÓGICO ES POSIBLE CURARSE RÁPIDAMENTE

Fotografía realizada por un anónimo expaciente agorafóbico
que demuestra, además de haber superado su miedo al exterior, su enorme talento

 

       Nunca somos tan miedosos o atrevidos como imaginamos ser

                                            LA ROCHEFOUCAULD

“Incluso la más arraigada fobia puede ser desbloqueada y resuelta rápidamente. Es importante subrayar que la intervención , aparentemente mágica, no es en absoluto una forma de magia, sino sólo la aplicación de rigurosas y repetibles técnicas terapéuticas puestas a punto durante el trabajo con miles de casos de personas afectadas por graves trastornos fóbicos-obsesivos.
En efecto, la primera forma de conocimiento de verdad importante que el lector interesado debe hacer suya es que las patologías fóbicas en todas sus formas, desde los miedos concretos a las fobias generalizadas, pueden ser curadas y resueltas eficazmente y en poco tiempo. Las investigaciones de Isak Marks (1978-1998), por ejemplo, han demostrado desde los años setenta, que una terapia bien construida estaba en condiciones de resolver en el curso de unos seis meses cerca del 70% de los trastornos fóbicos; los trabajos de Barlow (1990), actualmente conocido como uno de los máximos estudiosos de la especialidad, demuestran claramente que el 83% de los casos de trastornos fóbicos pueden resolverse eficazmente con una terapia que no supere los doce meses. Las investigaciones de este autor demuestran repetidamente cómo, mediante una forma de tratamiento construido ad hoc , el 88% de los casos de patología fóbica generalizada (nardone, 1993, 1998; Watzlawick-Nardone, 1997) se resolvió con una duración media de 7 sesiones (dos o tres meses). Incluso en algunas formas de trastorno fóbico, como la agorafobia y los ataques de pánico, se alcanzó el 95% de casos resueltos (Nardone, Watzlawick, 2000) siempre en el curso de pocos meses.
Estos datos no quieren ser, desde luego, una vez más, una exhibición de las capacidades de ilustres estudiosos y terapeutas, sino una importante declaración orientada a aquellos que, siguiendo la estela de creencias o, peor, de mistificadoras publicaciones sobre el tema, consideran que es imposible curarse definitivamente de los ataques de pánico o de un trastorno obsesivo-compulsivo, puesto que tales falsos conocimientos conducen a quien está afectado por este tipo de trastorno, por encima de todo, a la desesperada resignación caracterizada por la pérdida de la esperanza de no poder curarse nunca y vivir libre de las cadenas del miedo. Por tanto, dar a conocer que la investigación científica de tipo empírico-experimental en el ámbito clínico demuestra inequívocamente que es posible curarse tanto de los miedos concretos como de los trastornos fóbicos generalizados, despeja el terreno de la desesperación al tiempo que abre a todas las personas afectadas por estas patologías la posibilidad de superar los límites dentro de los cuales el miedo los bloquea.
Al respecto, la American Psychological Association, en su último informe relativo a los resultados de las terapias sobre los trastornos psíquicos y de la conducta (Hubble-Miller-Duncan, 1999), muestra claramente que cerca del 50% de los pacientes puede curarse mediante terapias de entre 5 y 10 sesiones de duración (dos-tres meses); el 25% con terapias de entre 10 y 25 sesiones (tres-ocho meses); y sólo el restante 25% requiere terapias más prolongadas. Los autores afirman con claridad que estos datos oficiales no son, desde luego, una toma de posición en favor de las así denominadas “terapias breves”, sino que, más allá de los prejuicios ideológicos y de los intereses corporativos, esto representa exponer la realidad de los hechos. Lo que significa que la mayoría de las patologías pueden curarse rápidamente y no necesitan, pues, ni de psicoterapias que duren muchos años, ni de permanente dependencia de psicofármacos, sino más bien de pragmáticas y claras terapias psicológicas construidas ahd hoc. Por consiguiente, esta nueva y nítida demostración abre la posibilidad, para la mayoría de las personas afectadas por estos trastornos, de poder ser curadas sin excesivos costes económicos y existenciales. En efecto, es bueno aclarar que el coste más elevado que paga una persona bloqueada por el miedo al someterse a una terapia no es, desde luego, el económico, sino el existencial, en tanto que su vida está limitada y condicionada por el miedo. Por ejemplo, una persona agorafóbica, que no está en condiciones de salir sola, ni de quedarse sola, paga al miedo el tributo de la propia posibilidad de vivir, en la misma línea una persona obsesionada por el hecho de tener una enfermedad, la hipocondríaca, no consigue disfrutar de su existencia porque está continuamente atenazada por el miedo a la enfermedad; así como el sujeto obligado por una fobia a repetir complicados rituales obsesivos pierde la mayor parte de su tiempo intentando defenderse de la fobia, convirtiéndose literalmente en un esclavo de sus obsesiones.
En todas estas situaciones, la diferencia entre la posibilidad de ser curados eficazmente en mucho o en poco tiempo reside en la calidad de la vida vivida por estos sujetos. Por desgracia, durante décadas los estudiosos de las terapias de la mente han subestimado la importancia de la eficiencia de una intervención terapéutica, cuando en realidad ésta hace que una intervención eficaz sea aún más válida, en el plano del éxito terapéutico, en tanto que devuelve lo antes posible a la persona tratada la libertad de disfrutar de la vida. El primer conociminiento útil para quien tiene problemas relativos a miedos, pánicos y fobias, por tanto, puede ser resumido por un aforismo de Honoré de Balzac:

La resignación es un suicidio cotidiano

y con una cita de Shakesperare:

Otra fotografía realizada por el mismo autor. Una imagen de la libertad.

No existe noche que no vea el día”

(De “Más allá del miedo. Superar rápidamente las fobias, las obsesiones y el pánico. Giorgio Nardone. Paidós.)
Mi agradecimiento y felicitación a mi querido expaciente “X”

QUÉ SUCEDE EN EL ATAQUE DE PÁNICO

Situación de peligro

El miedo es la más enraizada y antigua de nuestras sensaciones y, contrariamente a lo que a menudo se cree, no es negativo, ya que alerta al organismo para que se active en situaciones de peligro o, por ejemplo, de rendimiento. Sin embargo, si supera un determinado umbral, entonces se convierte en un problema porque se activa un mecanismo para el cual tengo una primera sensación desagradable, por ejemplo, una aceleración de la frecuencia respiratoria (hiperapnea) que, en cuanto tal, no quiero tener, de modo que intento reprimirla. Mi intento de controlar esta reacción incontrolable, que se dispara por debajo del umbral consciente, fracasa y cuanto más intento controlarla más pierdo el control, mientras más intento disminuirla más aumenta. Pensemos en el aumento de la frecuencia respiratoria que, en situaciones de estrés, es la primera reacción fisiológica que manifiesta el organismo, por debajo del control consciente y en ausencia evidente de descompensación orgánica. El incremento de la frecuencia de la respiración determina, en presencia de concentraciones normales de oxígeno a nivel hemático (98%), una reducción de las reservas de anhídrido carbónico que fluyen desde la sangre a los  alvéolos pulmonares para después ser eliminadas por los pulmones. En otras palabras, se crea una alteración del equilibrio ácido-base a nivel hemático y, como consecuencia de ello, el organismo pone en marcha una serie de mecanismos de protección a fin de reequilibrarse. Estos mecanismos (vasocontricción y broncoespasmo) van a desencadenar los síntomas clásicos que el paciente refiere, entre ellos dolor en el pecho, dificultad respiratoria con consiguientes vértigos, hormigueo en las extremidades, sensaciones de cabeza vacía o desvanecimiento, que siguen a la hipoxia de vasocontricción. 

Estas reacciones, como ya se ha dicho, son fisiológicas y funcionan para que el organismo pueda reequilibrarse, lo cual sucede en poco tiempo si no se desencadena, en este punto, el control consciente de la situación. La persona, asustada por estas señales, interpretadas a menudo como signo inequívoco de muerte inminente o del hecho de que el propio cuerpo está enloqueciendo, intenta bloquear lo que no es posible bloquear, es decir, una reacción fisiológica necesaria para el organismo para recuperarse. Al no conseguirlo, se agita aún más y crea un círculo vicioso por el que cuanto más se asusta más necesidad tiene el organismo de restablecer su propio equilibrio, y lo que en la mayoría de las situaciones es un proceso de una duración precisa y señal de que el organismo está respondiendo adecuadamente a los estímulos externos, se convierte en el famoso pico del ataque de pánico.

Un grupo de investigadores americanos del campo de la salud mental, precisamente en el intento de determinar lo que ocurre a nivel fisiológico al surgir el miedo, observaron a través de una tomografía axial computadorizada dos niveles de activación cerebral en el transcurso de un ataque de pánico.
Un primer nivel se relaciona con el paleoncéfalo, es decir, la amígdala, el hipocampo y el cuerpo cerúleo, y se trata de un tipo de activación que se dispara de forma espontánea, antes de que pueda intervenir el control racional, mientras que un segundo se verifica en la corteza. Cuando el mensaje llega a la corteza, las sensaciones temidas ya han sido activadas y se entabla una lucha acérrima entre la “mente moderna” y la “mente arcaica” en donde la primera intenta, de manera racional, reprimir lo que pertenece al pathos, a las sensaciones y está, inevitablemente, destinada a fracasar. Las sensaciones aumentan, y al no ser controlables dan aún más miedo, y la persona entra en shock. El problema se verifica, pues, según estos investigadores, cuando las sensaciones llegan a la corteza que, en el intento de expulsar el miedo, lo hace aún más fuerte. Si yo enseño a la persona, en lugar de reducir, a incrementar las sensaciones, a aumentarlas y hacerlas aún más vívidas, se lleva a cabo lo que se ha definido como “efecto de saturación transmarginal” (Eysenck), por el cual las sensaciones llegan a saturarse en el nivel de la mente arcaica y quedan de esta forma reprimidas antes de llegar a la mente moderna.

“¡Más madera!”

En otros términos, así como la mejor manera de apagar un fuego evitando posibles efectos colaterales y pudiendo reutilizar la leña cuando se necesite consiste en añadirle mucha leña hasta hacerlo sofocar por falta de oxígeno, del mismo modo, para vencer el miedo, el modo más funcional y menos oneroso consiste en llevarlo a su saturación intentando incrementarlo. En vez de escapar o de intentar controlarlo, lo busco, lo incremento, evitando darle aquel poder por el que se convierte cada vez en más poderoso; el miedo ya no es miedo sino que se convierte en valor, volviendo a ser un recurso en vez de un límite.

(“Surcar el mar sin que el cielo lo sepa. Lecciones sobre el cambio terapéutico y las lógicas no ordinarias”. Giorgio Nardone y Elisa Balbi. Herder)