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LA HUELLA EN EL OLVIDO: UNA EXPERIENCIA TRAUMÁTICA

“A. es un abogado de buena presencia, de 53 años, que viene a pedir ayuda al Centro de Terapia Estratégica tras haber encontrado a su compañera, con quien convivía desde hacía unos 5 años, en su cama en compañía de un apuesto joven.
Tras haberla sorprendido en aquella “dramática” escena, se había ido de casa y no había querido saber nunca nada más de ella. Se marchó en estado de shock, casi en trance (al decir suyo), y necesitó varias horas para darse cuenta efectivamente de lo ocurrido. Al regresar a casa ella ya no estaba allí y, después de haberla visto una única vez por solicitud de la mujer (que quiso por todos los medios dar su versión de lo sucedido), ni siquiera le había vuelto a contestar al teléfono.
Llegó a saber, sin embargo, por sus amigos, que aquel encuentro había sido precedido de muchos otros durante casi un año, que los dos mantenían un romance a todos los efectos, conocido, como a menudo ocurre en estos casos, por todo el mundo menos por él.
Desde aquel momento  había hecho de todo para olvidar tanto el suceso que como un rayo había desgarrado su tarde de sábado, seis meses antes, como a la mujer con quien había compartido sus últimos cinco años de vida. Empresas, ambas, bastante arduas. Había, por ello, renunciado a la casa en la que habían vivido juntos (que él había comprado) y enviado a un amigo a que recogiera su ropa y poco más “a fin de no tener que volver a pensar nunca en aquel día”.
Sin embargo, cuanto más nos esforzamos en olvidar, más acabamos por producir el efecto contrario; cuanto más nos esforzamos en borrar los recuerdos fuente de dolor, más descubrimos que cada estímulo, incluso el más insignificante, es capaz de traer a la mente la persona amada y perdida. []
Se encontraba, por lo tanto, obligado a revivir casi diariamente ante sus ojos aquella escena que había intentado borrar de su mente por todos los medios, quedando siempre inundado por las mismas e idénticas sensaciones experimentadas seis meses antes. []
También el intento de racionalizar la pérdida como algo aceptable (“no se merecía mucho”, se repetía a menudo, “encontraré otra mejor con facilidad”) no había hecho más que crear una fuerte disonancia entre la parte irracional-emotiva que le estaba trastornando (y que por consiguiente se acentuaba) y la racional-cognitiva que se había propuesto como bálsamo.
Habían transcurrido seis meses y A. estaba exactamente como dos horas después de haber salido de su apartamento tras haber encontrado a su novia con otro hombre, con el agravante de estar aterrorizado ante la idea de verla por casualidad y haber, por tanto, ahogado su propia vida, la cual seguía adelante, según sus propias palabras, sólo desde el punto de vista laboral.

El primer objetivo de la sesión es, pues, sintonizar con su sufrimiento, destacando que, por inmerecido, el amor por aquella mujer tenía que haber sido realmente grande y precisamente por esto su tentativa de racionalizar no le estaba ayudando a superar el acontecimiento. La aceptación del dolor y el sufrimiento son, de hecho, la base de la cual partir en cada trabajo de elaboración de la pérdida.
El terapeuta continúa con las dos medidas típicas de todo trabajo centrado en la superación de un trauma que se revive, sin quererlo, a diario en la propia mente: el cómo empeorar y la novela del trauma. Se especifica, obviamente, que al redactar la novela del trauma tendrá que describir con todo detalle la escena de la que fue testigo aquella tarde, e intentar que vuelvan a la mente detalles nuevos y las sensaciones vividas.
La reacción del paciente es, inicialmente, una mezcla de estupor y terror que lo lleva a pedir de inmediato si es posible evitar esta prescripción. Se le repite que precisamente al no haber querido pasar a través de ella, hasta aquel momento, ha mantenido la situación en suspenso durante todo este tiempo. Sin embargo, el paciente no parece satisfecho. [] A la cita siguiente, unas dos semanas más tarde, el hombre no se presenta.[] El miedo a volver a recorrer y evocar determinadas sensaciones puede ser tan intenso que haga “huir” al paciente de la terapia. []
Después de seis meses el abogado reaparece asegurando que está dispuesto a todo. Dice que ha intentado tomar fármacos y entrevistarse con un psiquiatra, pero aparte de sentirse más atontado, ni el dolor ni el miedo han desaparecido. Se le invita a hacer lo que anteriormente rechazó.
Vuelve al cabo de tres semanas habiendo realizado las tareas al pie de la letra y afirma, sonriendo con aire arrepentido, que ha encontrado de mucha utilidad revivir a diario aquel episodio tan temido. Admite que ha pasado los últimos días casi inmune al recuerdo de aquella escena, pero que ha sufrido muchísimo la falta de su compañera, al punto de que casi ha sentido la necesidad de llamarla.
El terapeuta le tranquiliza sobre el hecho de que el dolor por esta ausencia forma parte de un recorrido sano e inevitable de elaboración del luto que, a diferencia de otras sensaciones, nunca se cura del todo, pero se decanta paulatinamente.
Se le mantiene, pues, la novela del trauma según necesidad y se introduce la galería de los recuerdos para ayudar al sano proceso de cicatrización que la anterior medida ha permitido encaminar.[]
La elaboración de un luto por lo visto requiere exactamente la capacidad de ir en contra de los instintos primarios del hombre. Si, en efecto, es cierto que la orientación instintiva de cada uno de nosotros está constituida por la búsqueda del placer y la evitación del dolor, es evidente que cuando atravesamos una experiencia de este tipo nos encontramos, al principio, que nadamos a contracorriente, aceptando vivir plenamente el sufrimiento y admitiendo sólo en un segundo momento que la vida puede y debe continuar también en sus aspectos agradables. Si, en efecto, desde el principio el deber es aceptado casi universalmente como algo a lo que hay que obedecer, el placer (inicialmente por motivos fisiológicos y a continuación, a veces, por motivos morales) se gestiona con mayor resistencia. El trabajo del terapeuta ha de dirigirse también al redescubrimiento de esta dimensión absolutamente imprescindible para el equilibrio individual.”

(De “Cambiar el pasado. Superar las experiencias traumáticas con la terapia estratégica“. Federica Cagnoni y Roberta Milanese. Herder)

Imágenes: obras del pintor Edward Hopper

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LA CÓLERA QUE NO PERMITE EL LUTO

“F. tenía 31 años y estaba embarazada de 8  meses, cuando a medianoche se despertó al oír el timbre de la puerta: dos policías le informaron que L., su marido de 35 años, acababa de perder la vida en un accidente de tráfico mientras viajaba en compañía de 2 amigos.
A continuación le explicaron a la joven que los tres (incluido su marido) habían dado positivo en los test de alcoholemia y cocaína, única causa de un accidente aparentemente absurdo.
Cuando se somete a terapia ha pasado más de un año desde aquella noche, pero [], como ella misma afirma, <>.
Afirma con rabia y cierta dosis de agresividad que no consigue perdonar a su marido el hecho de haber bebido y consumido drogas con una mujer en casa que esperaba un hijo. []
La rabia parece que no deja espacio al dolor; parece que no le permite elaborar la pérdida del marido, el cual, precisamente en virtud de esa sensación, se halla presente en todo momento en la mente de la mujer, que parece que no puede dejar de <> a rencorosos soliloquios dirigidos a él. []
Mientras la rabia inunda la mente de la persona golpeada, no hay espacio para ningún otro tipo de trabajo. Es preciso hacer que fluya, de modo que pueda gestionar las restantes sensaciones que, en su interior, seguramente, se abrirán paso. Para obtener esto, se le dio una prescripción particular, que habitualmente se formula así:

<>

A través de esta medida, llamada epistolario de la rabia , la persona expresa y canaliza funcionalmente las peores sensaciones basadas en la cólera y el rencor, evitando por tanto mantenerlas vivas dentro de sí como una llama que quema implacablemente. Citando a Marco Antonio: <>. []
Lo que queda, agotada la rabia, es un fuerte dolor y la conciencia clara de que la persona amada ya no volverá. En este punto, el proceso terapéutico entra de lleno en la elaboración del dolor de luto.
F. vuelve a la segunda cita tres semanas después y, apenas se sienta, se echa a llorar desesperadamente. Entrega diez cartas, diciendo que [] ya no experimentaba rencor, sino solamente una profunda angustia y nostalgia frente al marido desaparecido. [] Confiesa, además, que nunca ha tocado sus cosas y que lo ha dejado todo como estaba la noche del accidente. []
El terapeuta destaca en este punto que el dolor del luto, a diferencia de otras sensaciones, nunca se cura del todo, sino que se decanta poco a poco. Lo que se puede hacer no es <> sino acompañarla en la elaboración de esta pérdida.
Se le prescribe, pues, una medida llamada galería de los recuerdos, que consiste en lo siguiente:

<> []

F. vuelve a la cita siguiente diciendo que inicialmente estuvo muy mal, que lloró, pero que poco a poco encontró agradable esta zambullida melancólica en los recuerdos (por otra parte, lo que llamamos melancolía no es más que el conjunto de dolor y placer relativo a algo que ya no nos pertenece). []
Esta tarea, además, conduce a la persona a percibir y aprender que existe un dolor fisiológico, sano, que no hay que ver como enfermizo, que nos hemos de conceder cada vez que la melancolía aflora. No existe un plazo para el luto, pero sí un modo de afrontarlo, gestionarlo y vivirlo que ayuda a la persona que lo sufre a salir adelante y encontrar poco a poco, en aquel dolor, el sentido de las cosas pasadas”

(De “Cambiar el pasado. Superar las experiencias traumáticas con la terapia estratégica” .Federica Cagnoni y Roberta Milanese. Herder Editorial)

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