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LA BOTELLA MEDIO LLENA O MEDIO VACÍA: LA "REESTRUCTURACIÓN" PARA VER MÁS ALLÁ

“Mencionemos la vieja pero nada trivial pregunta humorística sobre la diferencia entre el optimista y el pesimista: el optimista ve la botella medio llena, el pesimista medio vacía. La misma botella y la misma cantidad de vino, pero dos concepciones totalmente opuestas, que crean dos realidades también radicalmente distintas. []
En esta posibilidad de ser diferentes las “realidades” subjetivas (realidades de segundo orden) radica el poder de las intervenciones terapéuticas conocidas como reestructuraciones. Recordémoslo una vez más: Nunca nos enfrentamos con la realidad en sí, sino sólo con imágenes o concepciones de la realidad, es decir, con interpretaciones. El número de posibles interpretaciones para cada caso es muy grande, pero, en virtud de la concepción del mundo del interesado, suele casi siempre quedar reducido, a nivel subjetivo, a una, que parece ser la única posible, razonable y permitida. En razón de esta única interpretación, la mayoría de las veces sólo se considera posible, razonable o permitida una sola solución, y cuando esta solución no lleva a la meta apetecida, se busca, típicamente, más de lo mismo. Aquí es donde entra en función la reestructuración, y con excelentes resultados, a condición de que se consiga prestar a una determinada situación un sentido nuevo, también adecuado o incluso más convincente del que le ha venido dando hasta ahora el paciente. []



Ya hemos visto que en esta última (se refiere a la ilusión de alternativas) se trata de crear un marco dentro del cual se ofrecen, bajo la apariencia de libre elección, dos alternativas, aunque de hecho las dos persiguen el mismo efecto final, a saber, el cambio terapéutico. Se crea, pues, la ilusión de que sólo existen estas dos posibilidades, o dicho de otra forma, se crea una especie de ceguera para que no se vean otras posibilidades fuera del marco creado. La reestructuración recorre el camino en sentido contrario: se desbordan los límites de la ilusión, que es inherente a toda concepción del mundo, aunque de muy diversas maneras, de que existe un marco universal que excluye cualquier otra posibilidad y se muestre de este modo la posibilidad de ser diferente en el sentido de Aristóteles. Y esto se consigue poniendo a la vista alternativas y pares de contraposiciones de un orden superior. []


-Un estudiante inteligente experimenta crecientes dificultades para hacer frente a sus deberes académicos. Y esto le preocupa mucho, no sólo porque está cerca del fracaso, sino también porque siente un gran interés por la especialidad que ha elegido y no puede explicarse sus malos resultados. Tiene además sentimientos de culpabilidad respecto de sus padres, para quienes sus estudios significan una pesada carga financiera. [] La terapia puede apoyarse en sus dos premisas, a saber, que debería estudiar con gusto y que debe mostrarse honradamente agradecido a sus padres. Para ello, se reestructura su actitud y su crítica de sí mismo como arrealistas e inmaduras: incluso bajo las más favorables circunstancias, estudiar es un deber desagradable y la idea de que debería hacerlo con gusto es simplemente risible. Lo mismo ocurre con su deber de gratitud frente a sus padres: éstos tienen, desde luego, derecho a tal gratitud, lo cual está muy lejos de significar que deba estar gustosamente agradecido. Las dos reestructuraciones se dirigen, pues contra sus paradojas <>, que son la raíz de sus problemas. El terapeuta puede enfrentar al joven con la alternativa de afianzarse en su actitud, inmadura e irrealista, o de tener el valor propio de un adulto y de rechazarla.
Para facilitarle esta segunda alternativa, puede recomendarle que cada día dedique 5 ó 10 minutos a enfrentarse mentalmente a fondo con todos los aspectos desagradables del estudio: la competencia con los demás estudiantes, los miedos a los exámenes, [] y sobre todo, que repase las muchas cosas agradables y deseables que podría hacer si no tuviera que estudiar.


-Mi colega Fisch se enfrentó no hace mucho, [] con el siguiente problema: uno de los muchachos del albergue, de doce años de edad, tenía la costumbre de interrumpir las clases con sus constantes parloteos o con otras formas de comportamiento indisciplinado. En castigo, se le solía recluir en su cuarto y, como se negaba a permanecer allí, se recurrió incluso a cerrarle la puerta. Desde hacía algunos días había empezado a aporrear con manos y pies la puerta cerrada, hasta que le abrían y, si era preciso, persistía en esta actitud durante horas enteras. [] El muchacho se las arregló para conseguir que sus golpes se siguieran oyendo por toda la casa. []
Se recurrió, pues, a mi colega, bajo el supuesto, no del todo absurdo, de que este joven tenía algún problema psiquiátrico. Pero el psiquiatra consideró el caso como un problema de interacción entre los jóvenes residentes y los vigilantes y decidió reestructurar radicalmente la situación para los muchachos a base de proponerles un juego: se trataba de calcular cuánto tiempo duraría el estruendo de los golpes del chico castigado. El premio al cálculo más aproximado consistiría en una botella de coca-cola. Lo que, de una u otra forma, esperaba conseguir, se produjo con gran rapidez. Uno de los muchachos se escabulló de la clase, corrió a la ventana de la bodega y gritó: <>. Al instante cesaron los golpes.”


(De “El lenguaje del cambio. Nueva técnica de la comunicación terapéutica”. Paul Watzlawick. Herder Editorial)

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LA IMPORTANCIA DEL RITUAL

Paul Watzlawick (izq.), John Weakland (centro, con anteojos) y una sonriente Mara Selvini Palazzoli (1979)

“El ritual es la síntesis más universal y elegante en que pueden combinarse todas las diversas intervenciones descritas en este libro. []
Tal vez una de las enfermedades de la época moderna sea que llevados por la hybris de nuestro hemisferio cerebral izquierdo, hemos desterrado en buena parte de nuestras vidas el ritual. []
Serían muchísimas las personas que podrían aceptar mucho más rápidamente y con algo menos de sufrimiento el fracaso de su matrimonio, si la banal firma al pie del documento de divorcio pudiera revestirse de un ritual moderno. []
Hasta donde alcanzan mis conocimientos, la utilización consciente, planificada hasta en sus menores detalles, del ritual, fue introducida por vez primera en la terapia de la comunicación por Mara Selvini y sus colaboradores, del instituto de la Familia de Milán. Según esta autora, un ritual familiar es << una acción o serie de acciones, acompañada de fórmulas verbales, que se lleva a cabo con participación de toda la familia. Como todo ritual, tiene que consistir en la secuencia, sujeta a ciertas normas, de unos determinados pasos en un determinado momento y en un determinado lugar >>. Y añade: []

se trata más bien de un contrajuego que, una vez jugado, destruye el juego anterior. Con otras palabras, lleva a la sustitución de un ritual insano y epistemológicamente falso (por ejemplo del síntoma anoréxico) por un ritual sano y epistemológicamente correcto”



Añadimos aquí la descripción resumida de uno de sus ejemplos:


Un niño, cuyo electroencefalograma mostraba una perturbación cerebral mínima, fue llevado a una terapia de familia, porque su psiquiatra se negó a seguir el tratamiento. El niño parecía inaccesible al psicoanálisis y mostraba una agresividad poco menos que intolerable. Al cabo de 4 sesiones con los padres, dos en presencia del niño, llegaron los terapeutas a la convicción de que, aparte los conflictos intensos entre los cónyuges, el muchacho se hallaba inserto en una situación de doble vínculo de la que no podía liberarse. Declarado <<enfermo>> por los neurólogos y atiborrado de dosis masivas de tranquilizantes, abandonado por el psiquiatra como casi sin remedio, se le trataba en su casa como un perturbado mental y se le permitía, por consiguiente, comportarse de una manera que los padres no consienten a ningún niño en su sano juicio: dar fuertes puntapiés a su madre en la cara cuando ésta le ponía los zapatos; atacar con el cuchillo de mesa; arrojar los platos de sopa sobre el vestido de su madre, etc. En cambio, se le presentaban, en sermones y quejas inevitablemente prolijas, las “fechorías” que cometía, cuando se comportaba como un niño normal de su edad. Los terapeutas advirtieron de inmediato que su primera tarea consistía en eliminar aquella situación de doble vínculo, mediante el recurso de destruir la convicción de los padres de que su hijo era un <<enfermo mental>>. Pero también comprendieron que no podrían conseguir este objetivo con aclaraciones verbales, que hubieran sido inmediatamente rechazadas. Decidieron, pues, prescribir el siguiente ritual familiar: aquella misma noche, después de cenar, toda la familia [] debía dirigirse en procesión al cuarto de baño, donde el padre debería recoger todos los frascos de medicinas del niño, y dirigiéndose a éste, debía decirle en tono solemne: <>
A continuación, debería ir vaciando, uno tras otro, todos los frascos de medicina, echando su contenido al water y repitiendo en cada frasco: <>. A pesar del miedo de la madre de que, sin sus calmantes, el niño acabaría por matarla, el ritual fue tan eficaz que llevó a la desaparición del comportamiento agresivo. “


(De El lenguaje del cambio. Nueva técnica de la comunicación terapéutica”. Paul Watzlawick. Herder Editorial)

ALGUNAS INTERVENCIONES DE MILTON ERICKSON

-“Nos cuenta Erickson que ya desde niño tuvo que ayudar a su padre en los trabajos de la granja y que muchas veces su padre creaba una ilusión de alternativas dejándole, por ejemplo, elegir libremente entre dar de comer primero a los cerdos o a las gallinas. La elección no consistía en si él quería o no echar de comer a los animales, sino sólo en cual de los dos trabajos (que tenía que hacer de todas formas) prefería hacer “primero”.
Erickson recuerda también que comenzó a utilizar este método en la escuela, al poner a sus condiscípulos ante la elección de dos posibilidades, cada una de las cuales habrían rechazado si se les hubieran ofrecido individualmente, no las dos a la vez. []
La ilusión de alternativas es a menudo una parte esencial de las inducciones a trance, por ejemplo:
<<¿Quiere usted entrar ahora en trance ahora o más tarde?
>>
<<¿
Quiere sentir que los párpados sean cada vez más pesados, hasta cerrarse, o se quedarán cómodamente abiertos?>>[]
El denominador común de todos estos ejemplos consiste, por supuesto, en que en todos ellos se da implícitamente por evidente la entrada en el trance.

-En cierta ocasión acudió al consultorio de Erickson la madre de una muchacha de 14 años; la muchacha estaba convencida de que tenía los pies demasiado grandes y por eso se iba aislando. [] Cuanto más intentaban convencerla con buenas palabras, más se aferraba ella a su idea de que sus pies eran deformes. Erickson concertó una visita con la madre, con la supuesta finalidad de someter a un examen médico a la madre misma. En el transcurso de la exploración, Erickson pidió a la muchacha que trajera una toalla, que se quedara detrás de él y tuviera la toalla preparada. Poco después, dio un paso atrás y “sin querer” le dio un buen pisotón. Ella lanzó un grito de dolor. Entonces Erickson se volvió y dijo acremente: <<Si tus pies fueran lo bastante grandes para que un hombre los pudiera ver, no habría pasado esto.>> Y afirma que esta sola intervención fue suficiente para provocar el deseado cambio en la imagen que la muchacha tenía de sí misma.

-Si Erickson tiene que habérselas, en una terapia matrimonial con una mujer que interrumpe constantemente y que, además, responde siempre por su marido, sin dar a éste ocasión para despegar los labios, dice a la mujer más o menos lo siguiente: <<Sé muy bien que usted quiere ahorrar tiempo y ayudarme. Con todo, necesito también la opinión de su marido. ¿Tiene por casualidad una barra de labios? >> (Por supuesto, casi siempre la tiene.) <<Bien, acaso esto le parezca ridículo, pero permanezca usted, por favor, con la punta de la barra suavemente apoyada en su labio superior. Cuando haga yo algunas preguntas a su marido, notará usted que sus labios se mueven un poco, exactamente como si quisieran decir algo. Creo que encontrará usted este fenómeno muy interesante.>> Al describir esta intervención, explica Erickson: <<Con esto, conseguía yo dar a sus labios una legítima finalidad. Ella no lo entendió, por supuesto, pero en conjunto lo encontró divertido>> 


-Una paciente gravemente depresiva, que vivía sola, le dijo al principio de la primera sesión que él era su última esperanza y le declaró, como en un ultimátum, que le daba tres meses de plazo para que la ayudara. Si la terapia no le servía de utilidad, se quitaría la vida. En vez de intentar lo mismo o más de los mismo ya intentado sin provecho con anterioridad, a saber, quitarle de la cabeza, con persuasivas palabras, la idea del suicidio, Erickson pasó directamente a hablar el lenguaje de la paciente y le propuso, en monólogos prolijos y monótonos típicos para él, de forma despaciosa y, por supuesto, sin el menor sarcasmo, que empleara aquellos tres meses en hacer todas aquellas cosas que había deseado hacer desde hacía tres años, pero que no se había atrevido a hacer o creía que no podía permitirse. Como hacía ya muchos meses que había abandonado por completo el cuidado de su persona, iba mal vestida y despeinada y era la viva estampa de la desidia, le propuso, en primer término, que visitara un salón de belleza para vivir al menos una vez lo que para las mujeres más favorecidas por el destino era la cosa más natural del mundo todos los fines de semana. De igual manera, y sin relación inmediata con el suicidio con que amenazaba, le sugirió que se gastara tranquilamente su dinero en elegantes vestidos, en manjares exquisitos y otros lujos similares. Es fácil de adivinar el resto de la historia. Al mantenerse Erickson dentro del marco del ultimátum que aquella mujer le había trazado, sin someterlo nunca a discusión, consiguió, mediante muchos pequeños pasos, sacarla de aquel marco y modificar de este modo su visión del mundo”.

(De El lenguaje del cambio. Nueva técnica de la comunicación terapéutica. Paul Watzlawick. Herder Editorial)

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