CÓMO CONVERTIRNOS EN PADRES DE NUESTROS PADRES Y ACOMPAÑARLOS HASTA EL FINAL

 

Imagen de la película "Blade Runner", de Ridley Scott
Imagen de la película “Blade Runner”, de Ridley Scott

 

Una prerrogativa ineludible de esta edad evolutiva de la familia está representada por el gradual cambio de roles entre los padres que envejecen y se debilitan, o enferman gravemente, y el hijo adulto que debe asumir su cuidado. El hijo se transforma gradualmente en el padre de sus propios padres. Este proceso evolutivo, que en el pasado sucedía de manera casi natural, hoy en virtud de las transformaciones de las relaciones y de los modelos familiares, no es tan espontáneo ni fácil de realizar. No pocas veces los sujetos adultos entran en crisis frente a la necesidad de hacerse responsables de sus propios padres. Si el hijo adulto no ha construido la propia 34-roy-arrives1autonomía y responsabilidad individual sino que ve todavía al padre como un punto de referencia, tal evolución será para él algo improponible y necesitará por tanto de una ayuda especializada para superar este difícil obstáculo. Pero también cuando el adulto es ya autónomo y plenamente responsable no es sencillo asumir el rol del que se hace cargo de sus propios padres. A menudo estos tienen actitudes y comportamientos contradictorios y ambivalentes; por una parte desean ser ayudados, por otra rechazan la ayuda; quieren sentir la presencia de sus hijos pero al mismo tiempo no quieren invadir sus vidas; no lo piden directamente pero a través de sus achaques incitan a sus hijos a ocuparse de ellos. La lista de las modalidades ambiguas de comunicación y relación entre el padre anciano y los hijos requeriría una publicación entera pero, para los fines de este texto, lo que queremos es resaltar tal ineludible realidad, para que el hijo evite el tratar de eliminar tales ambivalencias y aprenda a gestionarlas. Con esta finalidad ofrecemos seis reglas de oro al lector.

c2f62fc790c6dc361ed8590d21af8805Primera regla: evitar puntualizar las contradicciones, las ambigüedades o chantajes morales.

Segunda regla: evitar culpabilizar a los padres por su “no honesta” ni “clara” comunicación. No lo elige, le viene dado.

Tercera regla: más que ofrecer una ayuda directa, hacermurphy20130909ase sentir presente; una llamada o un saludo directo de cinco minutos son para el anciano el antibiótico para su soledad y posible depresión.

Cuarta regla: si el anciano es todavía eficiente, asignarle  pequeñas responsabilidades y tareas a seguir; así se sentirá todavía útil.

Quinta regla: sonreirles a menudo y tocarlos frecuentemente. Los ancianos, como los niños, son hipersensibles al contacto y al cariño empático.

Blade Runner Eye
“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia”

Sexta regla: cuando se equivoquen bromear sobre ello, nunca culparlos (ya lo hacen solos), sino convencerlos de aceptar autoirónicamente sus propios límites.

 

Un libro dedicado al papel de padre en el ciclo completo de la vida no puede eludir las fases en las cuales los papeles se intercambian y son los hijos los que cuidan a los padres. Pero si en la primera fase de esta circularidad evolutiva el padre se enfrenta al crecimiento, en la segunda los hijos deben afrontar el deterioro gradual de la salud y de la eficiencia del padre, incluso su pérdida.

Esta no es empresa fácil y si, como hemos visto, frecuentemente los hijos adultos que no han desarrollado aún la autonomía psicológica caen en depresión cuando el padre del que dependen comienza a perder las fuerzas y deben ser ellos los que asuman las responsabilidades más grandes, imaginen qué cosa puede suceder cuando se conoce que éstos en breve ya no estarán. No solo porque el hijo deberá ocuparse de disminuir el sufrimiento en lo posible en esta última etapa de vida del propio padre, sino porque no deberá mostrarle su propio sufrimiento o desesperación, sino hacerlo sentir atendido y mimado.

tumblr_m5teb3JdtW1ryy772o6_250En los años de la medicalización aséptica  se ha ido perdiendo el sentido natural de la muerte y con ello el vivir la fase final con modalidades familiares que hacen de este inevitable y doloroso proceso un rito de paso que por una parte acompaña dulcemente a apagarse al que está al final de sus días y por la otra representa una experiencia emotiva altamente profunda para cada miembro de la familia, cuyo compartir los une aún más y da incluso un sentido existencial a su vínculo. Lamentablemente la mayoría de las muertes suceden en el clima frío y aséptico de estructuras hospitalarias o de residencias donde aunque el sujeto pueda ser tratado mejor, no está en medio de los olores, sonidos, gestos, voces que lo han acompañado en su vida y se va sin la presencia de sus seres queridos.

A esta desnaturalización de la muerte se une el recurso cada vez más frecuente al <furor terapéutico>, que la mayoría de las veces pone al enfermo terminal bajo tortura. Lamentablemente, la palanca emotiva del deseo de mantener con vida al propio padre lo máximo posible hace perder de vista la calidad de este tiempo vivido, bajo el peso de terapias masacrantes que a menudo descompensan psiquicamente al enfermo, haciéndole perder dignidad y humanidad. De esta forma, la transición será una experiencia devastadora para todos. []

Es curioso notar como, en nuestra sociedad que rechaza rendir cuentas con la muerte, las líneas maestras para acompañar farmacológicamente a un enfermo terminal a una dulce muerte no vengan de los estudios sobre el anciano terminal sino de de los niños afectados por tumores incurables.

De hecho, en el manual de la OMS sobre la terapia paliativa del dolor para niños terminales se encuentran indicaciones sobre cómo proceder con los fármacos que, aliviando el sufrimiento físico, permiten hacer viable, incluso en situaciones extremas, el acompañamiento del sujeto hacia su fin biológico como un verdadero rito de  paso psicológico para toda la familia. []

Como el lector habrá notado, en este capítulo no se ha usado el formato precedente, es decir la secuencia <problemas contra soluciones>. La elección no ha sido casual, porque la muerte no tiene solución, en cuanto que no es un proble06e2c9ef8b3a3a5eb2f7815b9ea882ffma, sino una condición ineludible de nuestra existencia. Los problemas derivan de sus soluciones intentadas y de los efectos que la pérdida puede provocar. []

En lo que respecta al luto y la pérdida, para el primero no existe medicina porque decanta espontáneamente si se lo acepta. Todos estamos dotados bio-psicologicamente de la capacidad de absorber el luto, pero debemos aceptar los efectos psicológicos y somáticos, que pueden persistir durante un tiempo. Lo importante es no esforzarse por superarlo rápidamente, sino dejar que el proceso de decantación del dolor suceda con naturalidad, de otra manera en el esfuerzo de reducirlo se mantiene y se agudiza.

En lo que respecta a la pérdida, puede hacerse necesario una ayuda especializada, sobre todo cuando la figura perdida representaba un punto de referencia insustituible respecto a la autonomía personal del hijo. Por tanto la bladerunner-unicornayuda se orientará a la gradual adquisición de la confianza en los recursos propios personales y en la capacidad de asumir responsabilidades, antes delegadas a la figura de referencia.

De nuevo el ciclo de vida asume el aspecto de circularidad constante, como indicaba Heráclito con su concepto de enantiodromía:

“Las cosas evolucionan volviéndose continuamente sobre si mismas”.

Esto era para él el motor inexorable de todos los sistemas vivientes. 

(Extraído de aquí)
(Extraído de aquí)

 

Entrevista a Giorgio Nardone (italiano) sobre este libro

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Alicia García AguiarAutor: Alicia García Aguiar Psicoterapeuta especialista en Terapia Breve Estratégica y miembro afiliado del CTS que dirige Giorgio Nardone. Encuentra en este blog el tratamiento para todo tipo de trastornos desde la TBE y la Terapia Breve en general y mantente informado de las últimas novedades sobre libros, cursos y seminarios de Giorgio Nardone
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EL FOCO EN LA SOLUCIÓN: EL MAÑANA DE ANNIE

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Annie, de 28 años, entró en el despacho de Michele (M. Weiner-Davis) con un pañuelo en la mano; había estado llorando en la sala de espera. Al preguntársele “¿Qué te trae por aquí?“, respondió entre lágrimas, y con una voz apenas audible: “Mi vida se está derrumbando“. Pasó a explicar que su novio acababa de romper con ella y que estaba llevando muy mal este rechazo. Dijo que estaba siempre llorando y deprimida. Sus frases eran inconexas y mantenía poco contacto visual.

Tras una breve descripción del problema, inmediatamente Michele le preguntó: ¿Qué es diferente en los momentos en que manejas bien esta situación?” Respondió, sin dudar, que en el trabajo se sentía bien. Puesto que Annie trabajaba a jornada completa, Michele le comentó que le iba bien al menos 40 horas a la semana, una gran parte de su vida. Michele también comentó que sentirse bien 40 horas a la semana está muy lejos de estar deprimida “siempre”, tal y como había explicado al principio. Annie estuvo de acuerdo.

Puesto que Annie había identificado una excepción importante al problema presentado (sentirse bien 40 horas a photo_michele_smallla semana), Michele siguió en esta línea: ¿Cuándo, aparte del trabajo, manejas bien las cosas?” Annie contestó que le resultaba muy agradable el tiempo que pasaba con su hijo de 5 años, y que en esos ratos no tenía oportunidad de rumiar sobre su exnovio. Además, por las mañanas estaba demasiado apurada de tiempo llevando a su hijo a la guardería y yendo al trabajo como para preocuparse por su ruptura.

Por eliminación quedó claro que el único rato en el que Annie se sentía abatida era por la tarde, durante un periodo de dos horas, después de que su hijo se había acostado y antes de irse ella a la cama. Incluso admitió que al menos dos noches por semana no se sentía mal. Un cálculo rápido reveló que, en vez de estar deprimida “todo el día” estaba en realidad abatida solo 10 horas por semana. En cuestión de 5 minutos su percepción de la situación se había modificado de forma significativa.

Entonces Michele preguntó: “¿Qué es diferente las dos noches por semana en que no estás pensando en Sam?” Dijo que esas noches conseguía mantenerse ocupada visitando a su vecino, cosiendo, o visitando parientes. Ella y Michele acordaron que mantenerse ocupada era absolutamente esencial para ella mientras volvía a ver las cosas con mayor perspectiva.

La siguiente serie de preguntas se centró en otras formas de mantenerse ocupada: “¿Qué haces para divertirte?“, le preguntó Michele. Contestó que se divertía poco. Siendo madre soltera de un hijo de 5 años se sentía a menudo abrumada por la responsabilidad y pasaba largas temporadas sin relacionarse con los demás o sin participar en actividades gratificantes o que redujeran su estrés. Comentó que su familia no la ayudaba a la hora de cuidar al niño. Había perdido contacto con sus amigos desde que se había empezado a preocupar tanto por la relación con su ex novio. Además, la mayor parte de sus antiguas amistades se dedicaba a ir de copas, una actividad en la que ya no quería participar.

Michele sintió curiosidad y preguntó si Annie había tenido y superado un problema con la bebida. Annie le dijo que había participado como interna en un programa de tratamiento el año pasado y que desde entonces, exceptuando uno o dos pequeños retrocesos, había conseguido no beber. Michele empleó esta información para destacar otro de los lados fuertes de Annie, señalando que no había recurrido a la bebida durante esta época estresante.

Finalmente Michele preguntó: “¿Cuál será la primera señal de que las cosas están en vías de solución?” Annie contestó que, en vez de pensar en su ex novio durante las noches, tendría pensamientos agradables. Se diría a sí misma: “Todo saldrá bien”.

¿Qué es diferente las tardes en las que sabes, Annie, que las cosas van a salir bien?
¿Qué es diferente las tardes en las que sabes, Annie, que las cosas van a salir bien?

Tras una pausa para consultar con el equipo, Michele transmitió el siguiente mensaje a Annie: “El equipo está muy impresionado de que hayas venido aquí para resolver esta situación de una vez por todas. También nos impresiona todo lo que estás haciendo: mantener un trabajo a tiempo completo, ser una buena madre, ser madre soltera sin mucho apoyo, y seguir sin beber pese a todo esto. Nos asombra la cantidad de cambios por los que has pasado recientemente: dejar antiguas amistades, romper con tu novio y dejar el alcohol. Eso es mucho cambio en poco tiempo. ¡No es extraño que a veces las cosas parezcan fuera de control! Necesitamos algo más de información y tenemos una tarea para ti. Desde ahora y hasta la próxima vez que nos veamos, queremos que observes y te fijes en lo que es diferente las tardes en las que sabes, Annie, que las cosas van a salir bien“.

SESIÓN 2

Annie entró con un aire de confianza que llevó a Michele a pensar que había tenido una buena semana. Sus sospechas se vieron confirmadas; Annie dijo que había tenido una “semana fantástica”. Cuando le preguntó: “Bien, ¿qué fue de diferente las tardes en que sabías que las cosas iban a salir bien, y qué hiciste para que la semana fuera fantástica?“, Annie replicó que había salido todas las noches con su hijo y que lo había pasado realmente bien. Fue a cenar a casa de una vecina amiga suya en dos ocasiones. También estuvo paseando calle abajo para saludar a un joven del barrio que le había gustado. Este hombre estaba reparando su coche cuando ella apareció, pero hizo una pausa para charlar con ella y con su hijo. También había ido a visitar a algunos familiares esa semana y los encontró comprensivos y simpáticos. Esto le resultaba especialmente sorprendente. Cuando se le preguntó: ¿Cómo te explicas la diferencia en su conducta?“, respondió: “Supongo que me siento mejor y por eso soy más sociable con ellos“. Su madre incluso se había ofrecido a cuidar al niño.

Además, Annie había sacado su vieja máquina de coser y empezado a coser de nuevo, algo que no había hecho durante mucho tiempo. Se llevaba mejor con su hijo. Estaba orgullosa de que sus compañeros de trabajo le hubieran pedido ayuda y de que se le estuviera teniendo en cuenta para un ascenso.

Debido a sus logros Annie valoró la semana con un 8 en la escala de 1 a 10, y dijo que se sentía más relajada. Finalmente, añadió que no había llorado ni una sola vez durante esos días. Ese fue el aspecto más sorprendente de la semana. []

"¡Piérdete!"
“¡Piérdete!”

La tarea era una continuación del último elogio: “Fíjate en las cosas que hagas en las próximas dos semanas y que valores con 8“. Se concertó otra sesión para dos semanas más tarde.

SESIÓN 3

Michele comenzó la entrevista con: “Bien, ¿cuáles son las cosas 8 que has estado haciendo estas dos semanas?” Annie dijo: “Todo ha sido 8”. Sacó dos folios en los que estaban minuciosamente anotados los eventos de la semana. Había estado con amigos y familiares, iniciando un programa de gimnasia, disfrutaba en el trabajo y había empezado a salir con el joven al que había conocido y que vivía en su calle. Tras tan solo dos semanas, su relación era ya muy buena. A su hijo también parecía gustarle él. Annie estaba encantada de haber salido de su concha con tanta rapidez. []

Michele preguntó: “¿Quién, aparte de ti, se da cuenta de lo bien que lo estás haciendo?” Annie contestó enseguida que su jefe le había comentado sus progresos. Antes de la sesión, Annie había dicho a su jefe que seguramente la terapeuta le diría que “se perdiera”.

Tras la pausa, el equipo dijo a Annie: “¡Eres una chica sorprendente! ¡¡Todos ochos!! Realmente controlas tu vida y sabes exactamente qué hacer para que siga adelante. Solo nos queda una cosa que decirte: ¡piérdete!

 

(Extraído de aquí)
(Extraído de aquí)
Alicia García AguiarAutor: Alicia García Aguiar Psicoterapeuta especialista en Terapia Breve Estratégica y miembro afiliado del CTS que dirige Giorgio Nardone. Encuentra en este blog el tratamiento para todo tipo de trastornos desde la TBE y la Terapia Breve en general y mantente informado de las últimas novedades sobre libros, cursos y seminarios de Giorgio Nardone

LA HUELLA EN EL OLVIDO: UNA EXPERIENCIA TRAUMÁTICA

“A. es un abogado de buena presencia, de 53 años, que viene a pedir ayuda al Centro de Terapia Estratégica tras haber encontrado a su compañera, con quien convivía desde hacía unos 5 años, en su cama en compañía de un apuesto joven.
Tras haberla sorprendido en aquella “dramática” escena, se había ido de casa y no había querido saber nunca nada más de ella. Se marchó en estado de shock, casi en trance (al decir suyo), y necesitó varias horas para darse cuenta efectivamente de lo ocurrido. Al regresar a casa ella ya no estaba allí y, después de haberla visto una única vez por solicitud de la mujer (que quiso por todos los medios dar su versión de lo sucedido), ni siquiera le había vuelto a contestar al teléfono.
Llegó a saber, sin embargo, por sus amigos, que aquel encuentro había sido precedido de muchos otros durante casi un año, que los dos mantenían un romance a todos los efectos, conocido, como a menudo ocurre en estos casos, por todo el mundo menos por él.
Desde aquel momento  había hecho de todo para olvidar tanto el suceso que como un rayo había desgarrado su tarde de sábado, seis meses antes, como a la mujer con quien había compartido sus últimos cinco años de vida. Empresas, ambas, bastante arduas. Había, por ello, renunciado a la casa en la que habían vivido juntos (que él había comprado) y enviado a un amigo a que recogiera su ropa y poco más “a fin de no tener que volver a pensar nunca en aquel día”.
Sin embargo, cuanto más nos esforzamos en olvidar, más acabamos por producir el efecto contrario; cuanto más nos esforzamos en borrar los recuerdos fuente de dolor, más descubrimos que cada estímulo, incluso el más insignificante, es capaz de traer a la mente la persona amada y perdida. []
Se encontraba, por lo tanto, obligado a revivir casi diariamente ante sus ojos aquella escena que había intentado borrar de su mente por todos los medios, quedando siempre inundado por las mismas e idénticas sensaciones experimentadas seis meses antes. []
También el intento de racionalizar la pérdida como algo aceptable (“no se merecía mucho”, se repetía a menudo, “encontraré otra mejor con facilidad”) no había hecho más que crear una fuerte disonancia entre la parte irracional-emotiva que le estaba trastornando (y que por consiguiente se acentuaba) y la racional-cognitiva que se había propuesto como bálsamo.
Habían transcurrido seis meses y A. estaba exactamente como dos horas después de haber salido de su apartamento tras haber encontrado a su novia con otro hombre, con el agravante de estar aterrorizado ante la idea de verla por casualidad y haber, por tanto, ahogado su propia vida, la cual seguía adelante, según sus propias palabras, sólo desde el punto de vista laboral.

El primer objetivo de la sesión es, pues, sintonizar con su sufrimiento, destacando que, por inmerecido, el amor por aquella mujer tenía que haber sido realmente grande y precisamente por esto su tentativa de racionalizar no le estaba ayudando a superar el acontecimiento. La aceptación del dolor y el sufrimiento son, de hecho, la base de la cual partir en cada trabajo de elaboración de la pérdida.
El terapeuta continúa con las dos medidas típicas de todo trabajo centrado en la superación de un trauma que se revive, sin quererlo, a diario en la propia mente: el cómo empeorar y la novela del trauma. Se especifica, obviamente, que al redactar la novela del trauma tendrá que describir con todo detalle la escena de la que fue testigo aquella tarde, e intentar que vuelvan a la mente detalles nuevos y las sensaciones vividas.
La reacción del paciente es, inicialmente, una mezcla de estupor y terror que lo lleva a pedir de inmediato si es posible evitar esta prescripción. Se le repite que precisamente al no haber querido pasar a través de ella, hasta aquel momento, ha mantenido la situación en suspenso durante todo este tiempo. Sin embargo, el paciente no parece satisfecho. [] A la cita siguiente, unas dos semanas más tarde, el hombre no se presenta.[] El miedo a volver a recorrer y evocar determinadas sensaciones puede ser tan intenso que haga “huir” al paciente de la terapia. []
Después de seis meses el abogado reaparece asegurando que está dispuesto a todo. Dice que ha intentado tomar fármacos y entrevistarse con un psiquiatra, pero aparte de sentirse más atontado, ni el dolor ni el miedo han desaparecido. Se le invita a hacer lo que anteriormente rechazó.
Vuelve al cabo de tres semanas habiendo realizado las tareas al pie de la letra y afirma, sonriendo con aire arrepentido, que ha encontrado de mucha utilidad revivir a diario aquel episodio tan temido. Admite que ha pasado los últimos días casi inmune al recuerdo de aquella escena, pero que ha sufrido muchísimo la falta de su compañera, al punto de que casi ha sentido la necesidad de llamarla.
El terapeuta le tranquiliza sobre el hecho de que el dolor por esta ausencia forma parte de un recorrido sano e inevitable de elaboración del luto que, a diferencia de otras sensaciones, nunca se cura del todo, pero se decanta paulatinamente.
Se le mantiene, pues, la novela del trauma según necesidad y se introduce la galería de los recuerdos para ayudar al sano proceso de cicatrización que la anterior medida ha permitido encaminar.[]
La elaboración de un luto por lo visto requiere exactamente la capacidad de ir en contra de los instintos primarios del hombre. Si, en efecto, es cierto que la orientación instintiva de cada uno de nosotros está constituida por la búsqueda del placer y la evitación del dolor, es evidente que cuando atravesamos una experiencia de este tipo nos encontramos, al principio, que nadamos a contracorriente, aceptando vivir plenamente el sufrimiento y admitiendo sólo en un segundo momento que la vida puede y debe continuar también en sus aspectos agradables. Si, en efecto, desde el principio el deber es aceptado casi universalmente como algo a lo que hay que obedecer, el placer (inicialmente por motivos fisiológicos y a continuación, a veces, por motivos morales) se gestiona con mayor resistencia. El trabajo del terapeuta ha de dirigirse también al redescubrimiento de esta dimensión absolutamente imprescindible para el equilibrio individual.”

(De “Cambiar el pasado. Superar las experiencias traumáticas con la terapia estratégica“. Federica Cagnoni y Roberta Milanese. Herder)

Imágenes: obras del pintor Edward Hopper