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EL DILEMA DE LOS PRESOS O LO QUE PIENSO QUE ÉL PIENSA QUE YO PIENSO

“Tal vez la mejor manera de exponer la naturaleza de la interdependencia sea de la mano del modelo teórico de juego del dilema de los presos. Según esta versión, un juez instructor tiene en prisión preventiva a dos hombres, sospechosos de un robo a mano armada. Pero las pruebas acumuladas no bastan para formalizar una acusación en firme ante el tribunal. Ordena, por tanto, que se lleve los presos a su presencia y les dice sin rodeos que para poder procesarlos necesita una confesión. Les declara también abiertamente que si niegan el robo a mano armada, sólo se les puede acusar de posesión ilícita de armas, delito por el que, en el peor de los casos, sólo pueden ser condenados a seis meses de prisión. Ahora bien, si confiesan el robo, él procurará que se les aplique la pena mínima por este hecho, es decir, dos años. Pero si sólo confiesa uno de ellos, mientras que el otro se obstina en seguir negando, entonces el que confiese será considerado testigo de oficio y será puesto en libertad, mientras que al otro se le aplicará la pena máxima, es a saber, veinte años. Y sin darles la oportunidad de intercambiar opiniones entre sí, ordena que se les encierre en celdas separadas y se les mantenga incomunicados.

¿Qué cambio tomar, en estas insólitas circunstancias? La respuesta parece fácil. Como evidentemente es mejor 6 meses de cárcel que dos años (no digamos ya que 20), parece que lo más aconsejable que pueden hacer es negar el delito. Pero apenas ha llegado cada uno de ellos, en la soledad de su celda, a esta conclusión, asoma ya la primera duda: “¿Qué ocurrirá si el otro, que puede imaginarse sin dificultad que he tomado esta decisión, se aprovecha de las circunstancias y se confiesa culpable? Quedará libre mientras a mí me echarán no 6 meses, sino 20 años. Por tanto, es necio empeñarse en negar; será mucho mejor que confiese, porque si no confiesa él, yo quedaré en libertad“.
Con todo, tampoco esta idea es de larga duración, porque pronto se abre paso un nuevo aspecto: “El caso es que, si confieso, no sólo traiciono su confianza de que soy digno de confianza a la hora de tomar la decisión más favorable para los dos (es decir, no confesar y salir libres a los 6 meses), sino que además corro el peligro de que, si él es tan egoísta y tan poco de fiar como yo y llega, por tanto, a la misma conclusión, también él confesará y nos condenará a dos años, lo que es mucho peor que los 6 meses que nos caerían si los dos negáramos el hecho.”
Éste es el dilema. Y no tiene solución. En efecto, incluso aunque se diera la eventualidad de que los detenidos pudieran comunicarse entre sí y concertar una decisión común, su destino seguirá pendiente del problema de si podrían confiar cada uno en su cómplice hasta el punto de estar seguro de que mantendría lo convenido también en el momento decisivo de comparecer ante el tribunal. Y como ninguno de ellos puede tener seguridad absoluta de que tal cosa suceda, se reanuda desde el principio la noria del círculo vicioso de sus cavilaciones. Tras larga reflexión, cada uno de ellos comprende que la confianza que puede depositar en su cómplice depende esencialmente de la confianza que el cómplice tiene en él, lo que, a su vez, depende de la confianza que el primero parece estar dispuesto a depositar en el segundo, y así hasta el infinito. []

Las situaciones humanas de estructura similar a la del dilema de los prisioneros son más frecuentes de lo que se quisiera admitir. Aparecen dondequiera los hombres se encuentran en un estado de desinformación en el que tienen que tomar una decisión común, pero por otro lado no pueden, porque les falta la posibilidad de comunicación directa (y, por tanto, la oprtunidad de ponerse de acuerdo para concertar la mejor elección). Como ya se ha indicado a propósito de la versión original del dilema de los prisioneros, hay dos razones que impiden adoptar la decisión más favorable: la falta de confianza mutua y la imposibilidad física de establecer una comunicación. En las situaciones de la vida real basta con que falte uno de estos dos factores para que surja el dilema. []
Si en una tienda de compras, un hombre pierde de vista a su mujer y no han convenido de antemano dónde esperarse caso de producirse esta eventualidad, tienen, a pesar de todo, buenas perspectivas de volver a encontrarse. Según todas las probabilidades, cada uno de ellos se imaginará un lugar de reunión tan obvio que los dos estén seguros de que el otro está seguro de que este punto de reunión es obvio para los dos. No piensan simplemente dónde irá el otro, porque el otro irá donde se imagina que irá el primero, y así ad infinitum. La pregunta no es, pues: ¿Qué haría yo en su lugar?, sino ¿Qué haría yo si estuviera en su lugar y me preguntara qué haría ella si estuviera en mi lugar y se preguntara que haría yo en su lugar?
Este ejemplo muestra ya que una decisión interdependiente (en la que no hay comunicación directa) sólo tiene perspectivas de éxito cuando se apoya en una concepción de la realidad compartida por las dos partes, en una hipótesis o suposición común sobre la situación, en algo que por su evidencia, su preeminencia física o significativa o por cualquier otra cualidad que posee en exclusiva, supera todos los demás puntos de partida posibles para solucionar la situación planteada. Schelling menciona la posibilidad de que, por pura broma, los dos se dirijan al departamento de objetos perdidos; de todas formas, no es fácil que se encuentren en este punto, a no ser que los dos tengan un mismo fino sentido del humor.

Otro ejemplo sería el siguiente: dos agentes secretos, encargados de una importante misión, deben ponerse en contacto, pero por alguna razón, sólo saben el lugar, no la hora del encuentro.[] Los dos tendrían que plantearse la misma pregunta: ¿Cuál calcula él que yo calculo que calcula él (…) que es la hora de reunión más lógica? En nuestro ejemplo, la respuesta es relativamente sencilla. A lo largo de las 24 horas del día hay dos momentos que destacan claramente entre todos los demás: las doce del día y las doce de la noche. No tendría sentido ni objeto suponer que el otro vendrá en la hora que les parezca más plausible por meras razones personales, a menos naturalmente que su colega estuviera al tanto de estas preferencias personales y extrajera la correspondiente conclusión. [] Cuando estas razones y preferencias individuales no son conocidas de la otra parte, no sólo son inadecuadas sino que hacen imposible el encuentro.
Ocurre muchas veces que no es tarea fácil identificar este elemento predominante que da la pauta para tomar una decisión interdependiente apropiada. Así lo indica el siguiente experimento, citado por Schelling: a un grupo de varias personas se les asigna la tarea de elegir individualmente, es decir, sin ponerse antes de acuerdo, una de estas seis cantidades:

                                            7, 100, 13, 99, 261, 555

La solución del dilema

Se les promete además una buena cantidad de dinero si coinciden todos en señalar el mismo número. ¿Cuál de estos números destaca frente a los otros 5 y constituye, por tanto, la elección lógica que permite alcanzar la indispensable unanimidad de la decisión? Ya de entrada, todos los participantes deberían tener la clara idea (aunque no siempre sucede) de que cualquier preferencia por un número basada en razones personales no puede en modo alguno constituir la base adecuada para una acertada decisión unánime. [] Aunque a buen seguro muchos lectores no lo admitirán, entre ellos sólo hay uno que tiene una indiscutible preeminencia, a saber, el 261. Es el único que no lleva vinculadas creencias supersticiosas, ni significaciones simbólicas, ni racionalizaciones: es el único, entre los seis, carente de significación y justamente esta peculiaridad es lo que le confiere su preeminencia. Si el lector llega a admitir, bien que mal, esta explicación, comprenderá que las decisiones interdependientes pueden entrañar grandes dificultades y que presuponen agudas cavilaciones sobre cavilaciones.”

(De “¿Es real la realidad? Confusión, desinformación, comunicación”. Paul Watzlawick. Herder)

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