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EL AMOR SABIO

“Resumiendo, un amor perfecto nunca debería apagar el impulso pasional inicial; debería evitar acomodarse en cualquier aspecto, incluso, volviendo a citar a Oscar Wilde, en una larga serie de días felices.
Sin embargo, aunque mantuviéramos los estímulos y la pasión, deberíamos estar preparados para cuando se presente irremediablemente el desencanto de los autoengaños iniciales y empecemos a ver en nuestro compañero como defectos lo que antes nos parecían virtudes. Así pues, deberíamos aceptar este hecho como un proceso natural y no interpretarlo como un signo de lejanía y rechazo por parte del compañero.
Deberíamos evitar echarle la culpa a la otra persona en cualquier dinámica de conflicto, pues se trata de una consecuencia de la relación y no de las características del otro.
Deberíamos cultivar nuestros intereses personales incluso cuando no coincidan con los del compañero, de modo que garanticemos nuestra autonomía personal y esa importante simetría que compensa la posibilidad de caer en complementariedades patógenas.
En conclusión, se trata de aceptar previamente las fases del cambio, tanto estético como fisiológico, que el tiempo se acabará presentando.
Imagino que la respuesta inmediata será otra pregunta: ¡quién puede ser capaz de un amor tan equilibrado?
La respuesta la obtenemos de la observación de esas pocas parejas que, de una manera excepcional, viven una relación intensa y feliz durante toda su vida.
La primera característica de estas parejas nos lleva a una observación etológica, qué casualidad, con las pocas especies de animales monógamos: esto es, la continua práctica del cortejo en su vida.  [] Como si siempre se encontrasen en la fase inicial de su relación. Este fenómeno no se refiere solo al ámbito erótico, sino que también tiene que ver con la seducción.[]
Un segundo componente estrechamente relacionado con el primero, típico de las parejas felices para siempre, es la complicidad: es decir, los dos miembros de la relación mantienen un contacto continuo a través de una alianza de la que ambos participan. Si están rodeados de muchas personas, se lanzan miradas cómplices entre ellos; si uno de los dos se equivoca, el otro se pone de su parte sin criticarlo, y sólo más tarde le hace ver el error; ante cualquier problema del compañero, ella se pone de su lado, sin sustituirlo, sino haciéndole sentir presente su apoyo.
Lo contrario en este sentido también si observamos lo que sucede normalmente en las dinámicas de pareja.
Por último, la tercera característica, quizás aún menos frecuente, que connota la relación amorosa a largo plazo es la exclusividad: es decir, lo que ocurre entre las dos personas es único e irrepetible con otro sujeto. Esta característica no es una inclinación natural de la relación, sino algo que, como las dos anteriores, ha de construirse y cultivarse, y, como las flores más bellas, si no se riega se marchita en una sola noche.
Lo que he escrito no pretende convertirse en una receta para la felicidad; se trata de una simple indicación que deriva de la observación empírica y de la reflexión acerca de lo que funciona y lo que no funciona en las dinámicas amorosas y sentimentales. La receta sería tan difícil [] que conseguirlo sería obra de un gran artista.
La imagen metafórica que, en mi opinión, mejor ilustra dicha capacidad es la de los dos acróbatas que caminan sobre la misma cuerda, ayudándose de una sola barra estabilizadora de la que se valen para mantener un funambulesco equilibrio. []

Hace muchos años, Paul Watzlawick, el estudioso más importante del cambio y de la comunicación, me dijo, algo resignado, que, por mucho que pudiésemos desarrollar técnicas terapéuticas evolucionadas, siempre nos encontraríamos ante la desilusión de ver cómo las personas forman parejas no por <afinidades electivas>, sino por <complementariedades insanas>. Se trata de dinámicas que se repiten sin un tiempo o una justificación aparente.
Tal vez con este intento de formalizar los guiones sentimentales de las mujeres y de ofrecer el modo de afrontar lo que parece inafrontable, esté tratando de responderle”.

(De “Los errores de las mujeres en el amor”. Giorgio Nardone. Paidós Contextos)

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