Simón del desierto luchando contra las tentaciones (“Simón del desierto“, Buñuel, 1965)

Más que con la fuerza de voluntad, el escaso cumplimiento de las dietas entendidas en el sentido tradicional parece estar relacionado con dos tipos de factores.

El primero es puramente fisiológico: si mantenemos en el tiempo un estado de emergencia calórica, llega un momento en que el cuerpo se rebela, tratando de recuperar de todas las maneras posibles las calorías perdidas, independientemente de la cantidad de grasa corporal que se haya acumulado como provisión.

El hombre primitivo nunca tuvo que preocuparse de la abundancia

Como han señalado Speciani y Speciani (2015), desde un punto de vista biológico, nuestro cuerpo es en lo esencial idéntico al del ser humano primitivo, que tuvo que preocuparse solo de la escasez, y no de la abundancia de alimentos. Frente a una demasiado estricta, por tanto, su cuerpo entra en un estado de alerta de “carestía” y pone en marcha los mecanismos de defensa real, tales como la disminución del metabolismo basal y la acumulación de masa grasa a expensas de la masa magra. Mecanismos que, como hemos visto, hacen que la pérdida de peso sea cada vez más difícil, si no imposible, llegando incluso a agravar el sobrepeso que habría tenido que reducir.

Igual de importante es el segundo factor, de una naturaleza estrictamente psicológica. El concepto de dieta en el sentido tradicional siempre se refiere a la idea de limitación y sacrificio, y por lo tanto, interfiere profundamente en el , la sensación fundamental sobre el que se basa nuestra relación con la comida. (…) Cuanto más prohibido está un alimento, más se dispara la pulsión transgresora en relación con ese alimento que, en virtud de la prohibición, se vuelve cada vez más deseado. El intento obsesivo de controlar la y el peso, por lo tanto, parece funcionar al principio, pero inevitablemente conduce a la pérdida de , produciendo un aumento de peso progresivo e inexorable. En otras palabras, mantenerse a dieta en términos clásicos, paradójicamente, hace engordar más que no seguir dieta alguna (Nardone, Valteroni, 2017). La aparente incapacidad para mantener una dieta a lo largo del tiempo se basa, por lo tanto, en el contraste entre las sensaciones y la voluntad, lo que lleva a la de intento de control que hace perder el control. Este mecanismo, repetido en el tiempo, es uno de los principales factores que contribuyen al desarrollo de algunos trastornos alimentarios, como la bulimia y el trastorno por atracón.

El falso mito de: “Basta con un poco de fuerza de voluntad” es particularmente odioso porque, al no tener en cuenta estos mecanismos psico-fisiológicos básicos, termina por culpar a los que no pueden seguir una dieta, ignorando el hecho de que, a menudo, el problema reside en la rigidez de las propias recomendaciones dietéticas.

Cualquier dieta que separe los alimentos en “malos”, prohibidos (tal vez porque son demasiado calóricos) y “buenos”, que están permitidos, termina desatando el efecto de transgresión, frente al cual nuestra fuerza de voluntad solo puede fallar. (…)

Si queremos recuperar el significado etimológico de “dieta” como “estilo de vida”, siempre tenemos que preservar el placer de la relación con la comida y evitar una excesiva rigidez. (…)

Sea la que sea la dieta que deseemos seguir siempre será importante prever la posibilidad de pequeñas transgresiones, que nos protejan de las grandes transgresiones, ayudándonos a evitar que se desencadene la pérdida de control descrita anteriormente.

    (Extraído de aquí)

 

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