Les contaré el caso de una . Al marido lo vi solo una vez. Vino a verme y me dijo:

Soy hijo único. Mi padre es pastor en una iglesia cristiana de ideas muy cerradas. Me han criado en la convicción de que fumar es un pecado, ir al cine es un pecado. De hecho, me criaron a partir de la idea del pecado, y de que son pocas las cosas que uno puede hacer. Mientras estudiaba medicina tuve mucho cuidado de no cometer ningún pecado. Conocí allí a la hija única de otro pastor de la misma secta cristiana, criada igual que yo. Nos enamoramos. Nuestros respectivos padres estaban encantados y planearon una fiesta de casamiento maravillosa para nosotros. (…)

La ceremonia fue al caer la tarde y después hubo una linda fiesta. Alrededor de las diez o las once de la noche, mi esposa y yo nos metimos en el auto y enfilamos hacia ese hotel a doscientos kilómetros de distancia. No habíamos hecho ni tres kilómetros cuando se descompuso el calefactor, y al llegar al hotel, doscientos kilómetros más allá, yo estaba prácticamente congelado. Los dos nos sentíamos cansados y desgraciados. El auto se había descompuesto y yo no sabía si podía arreglarlo allí. Además, tuve que cambiar un neumático en el camino.

Al llegar nos dirigimos a nuestro cuarto y abrí la puerta. Nos quedamos en el umbral mirándonos uno al otro. Ambos sabíamos lo que teníamos que hacer, ¡pero teníamos tanto frío y cansancio, y nos sentíamos tan desgraciados! Mi esposa tomo la iniciativa. Recogió su valija, encendió la luz del baño y apagó la del dormitorio. Se desvistió en el baño, apagó la luz y vino al cuarto en piyama. Abriéndose paso a través de la oscuridad, se deslizó dentro de la cama.

Así pasaron la noche, más o menos…

Así pues yo tomé mi valija, fui al baño, encendí la luz, me puse el piyama, apagué la luz y me abrí paso a través de la oscuridad hasta el otro lado de la cama. Y allí nos quedamos los dos, sabiendo lo que teníamos que hacer pero incapaces de pensar en otra cosa que no fuera superar nuestro frío, cansancio y desgracia.

Nos quedamos allí tendidos toda la noche tratando de dormir un poco, tratando de decidirnos. Finalmente, a eso de las once de la mañana reunimos suficiente coraje como para consumar el matrimonio. Ninguno de los dos disfrutó. En nuestro primer coito ella quedó embarazada. Desde entonces, hemos intentado aprender a hacer el amor, pero ya es demasiado tarde. Hemos hablado del asunto, y tan pronto ella tenga la criatura, al mes siguiente, arreglaremos un amistoso. No quiero actuar en el caso del tan estúpidamente como actué en el matrimonio. Ambos nos hemos arrepentido de lo que resultó de nuestro casamiento. Le pasaré el subsidio a ella y a la criatura. Yo no sé dónde iré.”

Yo le dije: “Muy bien. Por cierto que ese es un matrimonio desgraciado y que ustedes han sido incapaces de amoldarse a él. Se ha complicado con el embarazo. Sugiero que arreglen un divorcio amistoso. Deje que le explique de qué manera lo harán.

Vaya a Detroit y reserve un cuarto y un pequeño comedor privado en un hotel. Explíquele a su esposa de que ya es hora de tener un divorcio amistoso, una separación como buenos amigos. La llevará al Hotel Statler, no importa cuánto le cueste. Allí tendrán una cena privada, con candelabros y también -esa es una orden médica- con una botella de champaña. Y ambos beberán de la botella.

Al terminar la cena vaya a conserjería y pida la llave de su dormitorio. (…) Luego diríjase a la puerta del cuarto, ábrala, alce en brazos a su esposa, cierre la puerta con llave, y después deposítela en un costado de la cama. Dígale entonces: Quiero darte un último beso de despedida. Bésela suavemente y señálele: Ese beso fue para ti. ahora quiero uno para mí. Mientras tanto apoye su mano sobre una de las rodillas de ella, prolongue un tanto el beso, deslícele la mano por el muslo y desabróchele la liga. Dígale en ese momento: Démonos ahora un beso para los dos. Vuelva a deslizarle la mano por el muslo, bajo el vestido, y desabróchele la otra liga. Sáquele una media y bésela otra vez.”

En fin, le di un plan completo de lo que debía hacer para seducir a su mujer.

Al llegar el verano yo me había recobrado de mi enfermedad y ellos no aparecieron  nunca más. Años después, yo estaba dando una conferencia en la Universidad Emory, cuando se me acercó un hombre joven y me dijo:

“Nos gustaría mucho que esta noche cenara con nosotros.”

Lo siento“, respondí, “ya tengo pasaje de avión, es imposible

Ella se sentirá muy decepcionada“, acotó él.

Yo me preguntaba por qué tendría que sentirse decepcionada una familia que no me conocía.

Parece que usted no se acuerda de mí”, agregó el sujeto.

Es verdad, no le recuerdo“.

Pero sin duda debe recordar la cena en el Hotel Statler, de Detroit, que nos recomendó a mí y a mi mujer.”

Por cierto“, dije.

Ahora tenemos dos hijos, y hay un tercero en camino“. agregó él.

A veces la gente viene a verlo a uno porque quiere divorciarse, pero en realidad no lo quiere.

 

        (Extraído de aquí)

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