Merece la pena poner bien en claro que una que no alcanza su objetivo o que, por las razones que fueren, no es comprendida por el amenazado, está condenada a fracasar. Los perturbados psíquicos, los fanáticos, los deficientes mentales o los niños son inaccesibles a las amenazas porque no las entienden (o al menos así lo hacen creer). Esto es válido también respecto de los animales jóvenes, a los que, hasta que no alcanzan una edad determinada, se les consienten muchas cosas que, en un animal de mayor edad, serían inmediatamente castigadas por los de más alto rango. Primero tienen que comprender, en un largo aprendizaje, el significado de una .

De donde se sigue que una eficaz contramedida frente a una amenaza consiste en hacer imposible su recepción, lo que puede conseguirse de varias maneras. En las interacciones directas, basta casi con cualquier obstáculo -real o supuesto- frente a la comprensión: distracción, sordera, borrachera, pasar por alto una mirada de advertencia fingiendo que se está mirando a otra parte, afirmar que se es extranjero y no se entiende la lengua del país, etc. Naturalmente, es preciso hacer creíble la postura de que no se entiende la amenaza; los mismos ejemplos citados, pertenecientes todos ellos al ámbito de la vida cotidiana, indican ya que toda amenaza tiene características de interdependencia: tanto el amenazado como el amenazante deben intentar superar al otro en la acertada adivinación de lo que el otro (y no solo uno mismo) considera plausible y convincente.

Los empleados de banco dotados de presencia de espíritu consiguen a veces, con este expediente de no entender la amenaza, hacer fracasar el atraco típico, en el que el ladrón le pasa, sin decir una palabra, un papelito conminándole a llenar un sobre con billetes y entregárselo a través de la ventanilla. (La amenaza suele estar insinuada en estos casos en la mano hundida en el bolsillo del abrigo). En tales circunstancias, puede resultar eficaz cualquier negativa que reinterprete la situación desde su raíz y que pilla desprevenido al atracador. Al planear su asalto, éste ha intentado examinar y prever todos los posibles aspectos de la realidad en que se va a desenvolver su acción. Y ahora, de pronto, se encuentra enfrentado a una realidad distinta. El cajero juega, por así decirlo, otro juego, al que no son aplicables las reglas del juego del atracador. El folletinista americano Herb Caen coleccionó una vez una lista de estas ocurrencias. He aquí algunas perlas:

“¡Vaya! Sí que tiene usted ideas curiosas.”

“Ahora voy a comer; por favor, en la otra ventanilla.”

“No tengo sobres a mano; voy a buscar uno.”

“Estoy a prueba y no tengo autorización para efectuar pagos. Espere, por favor, que venga el cajero.”

El método de hacer fracasar una amenaza mediante el recurso de no permitir que alcance su objetivo fue seriamente sopesado en los años sesenta como medida para combatir la proliferación de secuestros aéreos. Básicamente existían dos posibilidades, muy diferentes entre sí. La primera, que fue la que acabó por imponerse, consiste, como es sabido, en impedir que los piratas aéreos suban a bordo del avión o, lo que viene a ser lo mismo, impedir que lleven armas consigo. De este modo se ha conseguido eliminar en buena parte la piratería aérea, aunque ciertamente al precio de costosos y sofisticados sistemas de seguridad y detección. El segundo método habría consistido en aislar la cabina del piloto mediante una puerta de acero y hacer técnicamente imposible la comunicación entre esta cabina y la de los pasajeros. Con esta simple medida, las peticiones y amenazas de los secuestradores no podrían llegar al capitán de la aeronave. Fueran cuales fueran las amenazas, todo sería en vano: el personal de la cabina de pasajeros podría demostrarles convincentemente que ni siquiera ellos podían entrar en contacto con el piloto y que, por tanto, la nave seguiría su rumbo imperturbable hacia su destino. El toque de perfección de esta solución habría consistido en que no solo no había por qué mantenerla en secreto, sino todo lo contrario, se le daría la máxima publicidad posible, para que fuera de general conocimiento. Por desgracia, la solución presenta un decisivo inconveniente: ninguna compañía aérea estaría dispuesta a embarcar pasajeros en tales condiciones, ya que durante el vuelo surgen docenas de incidentes de los que es preciso pasar información inmediata al capitán de la nave, desde un incendio en el cesto de papeles de un lavabo hasta el ataque cardíaco de un pasajero. De todas formas, aún no se ha dicho la última palabra en este asunto y el lector a quien se le ocurra una hábil utilización de la situación de interdependencia entre secuestradores y personal de vuelo obtendrá con probabilidad una buena ganancia vendiendo su idea a las autoridades aeronáuticas y a las compañías aéreas.

(Extraído de aquí)