MILTON ERICKSON: TERAPIA DE PAREJA EN EL CERRO SQUAW

“Un psiquiatra de Pennsylvania, después de haber ejercido la psiquiatría durante 30 años, no había establecido aún una buena clientela. En verdad, descuidaba su práctica; no mantenía actualizados los datos de su archivo. Había sido analizado tres veces por semana durante 13 años. Llevaba seis años de casado. Su esposa tenía un trabajo que no le gustaba, pero debía trabajar para mantenerse a sí misma y a su esposo. Y también ella había sido analizada tres veces por semana, durante seis años. Oyeron hablar de mí y vinieron a verme para una terapia de pareja.

¿Es esta la primera vez que viajan al Oeste? Hay un montón de paisajes en Phoenix que deben ver, continué yo. Y como este es el primer viaje de ustedes, voy a sugerirle, doctor, que suban al cerro Squaw. Dedique tres horas a ello. Y a usted, señora, le sugiero que vaya al Jardín Botánico y pase allí tres horas. Vuelvan mañana para informarme.


Volvieron al día siguiente y el médico estaba muy contento. Dijo que subir al cerro Squaw fue una de las cosas más maravillosas que hizo en toda su vida. Jamás había pensado que podía haber un desierto como el de Phoenix; estaba deleitado. Más aún, dijo que volvería a hacer la ascensión.
Inquirí a la esposa acerca del Jardín Botánico.

Pasé allí tres horas, como usted me indicó. Fueron las tres horas más aburridas de mi vida. Siempre las mismas cosas antiguas, las mismas cosas antiguas. Juré que nunca más iría al Jardín Botánico. Me aburrí a rabiar todo el tiempo. Pasé las tres horas en un aburrimiento mortal.

Les dije: Bien, esta tarde, doctor, usted irá al Jardín Botánico, y usted, señora, subirá al cerro Squaw. Vuelvan mañana a informarme.
Volvieron al día siguiente antes del mediodía, y el médico dijo:
Realmente disfruté en el Jardín Botánico. Fue maravilloso, es un lugar que inspira reverencia. Es magnífico contemplar todas esas diferentes plantas que sobreviven pese al clima adverso…el gran calor, y sin que caiga una gota de agua en tres años. Volveré a visitar el Jardín Botánico muchas veces.

Me dirigí a la mujer y me dijo:

Cerro Squaw, Phoenix
(Erickson solía pedir a sus pacientes una subida
terapéutica al cerro)

Subí a esa maldita montaña. Maldije a la montaña, me maldije a mí misma, pero principalmente lo maldije a usted a cada paso que daba. Me preguntaba por qué sería tan estúpida de subir a esa montaña. Me odié a mí misma por hacerlo, pero como usted dijo que había que hacerlo, lo hice. Llegué a la cumbre. Por unos minutos sentí una cierta satisfacción, pero no duró mucho. Y mientras bajaba lo maldecía a usted y a mi misma más todavía a cada paso. Juré que nunca, nunca jamás, volvería a subir a una montaña como esa, que nunca sería tan estúpida.
Proseguí: Bien. Hasta ahora yo les he indicado lo que debían hacer. Esta tarde, cada cual decidirá por su cuenta lo que quiere hacer, y lo harán por separado. Mañana vienen a informarme.
Vinieron a la mañana siguiente y el médico dijo: Volví al Jardín Botánico. Es un sitio absolutamente maravilloso. []
Me dirigí a la mujer y me dijo: Lo crea o no, volví a subir al cerro Squaw, sólo que esta vez lo maldije a usted con mucha mayor desenvoltura. [] Al bajar dije más malas palabras que un camionero, maldiciéndolo a usted, a la montaña y a mi misma.
Muy bien, me alegra escuchar sus informes, dije yo. Puedo afirmar que su terapia de pareja ha terminado. vuelvan al aeropuerto y tomen el avión a Pennsylvania. []


Cuando luego Erickson les preguntó cómo se habían sentido en el vuelo de regreso a Pennsylvania, respondieron esto:

Estábamos sumamente perplejos, confundidos y desconcertados. Nos preguntábamos por qué se nos había ocurrido ir a verlo. Usted no había hecho otra cosa que hacernos subir al cerro Squaw y visitar el jardín Botánico. Y cuando llegaron a su casa, la esposa le dijo al marido: Voy a dar una vuelta en auto para sacarme las telarañas de la cabeza; y él respondió que era una buena idea. Así que yo hice lo mismo, continuó el doctor. Me fui a pasear en auto para aclarar mi mente. La esposa añadió: Me fui directamente a verlo a mi psicoanalista y le dije que dejaba el tratamiento; luego fui a mi abogado e inicié un juicio de divorcio. El esposo comentó: Paseé un rato en auto y después fui a mi psicoanalista y le dije que lo dejaba; más tarde fui a mi consultorio y empecé a poner un poco de orden, arreglé el archivo y completé todos los datos que faltaban. Bueno, gracias por la información, añadi yo.



Ahora están divorciados. Ella consiguió un trabajo diferente que le gusta. Se hartó de subir día tras día esa montaña de pesadumbre conyugal, para sólo recibir al final de la jornada el breve alivio de que ¡por fin! había terminado. Todo su relato era un informe simbólico. []

Así pues, les hice una psicoterapia simbólica, de la misma manera en que ellos me habían contado, simbólicamente, toda su historia.
No necesitaba preguntarle al médico si tenía hermanos; sabía que había malgastado trece años de su vida y que ella había malgastado seis. Y les hice hacer algo. Y él adquirió una nueva perspectiva de la vida, y ella una nueva perspectiva de lo aburrido que es hacer algo que a uno no le gusta.
Es el paciente el que hace la terapia. El terapeuta sólo suministra el clima, la atmósfera. Eso es todo. El paciente tiene que hacer toda la tarea.”

(De Un seminario didáctico con Milton Erickson. Jeffrey Zeig. Amorrortu)

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