LA OBSESIÓN DE PERDER EL CONTROL DE LOS ESFÍNTERES

“Se presenta un señor de mediana edad, elegante y refinado, que al relatar el trastorno que lo ha traído desde una ciudad muy lejana hasta mi se expresa con un lenguaje extremadamente intelectual y prolijo, pero expone un problema verdaderamente tan grotesco en su naturaleza como trágico en sus efectos: el terror de hacer sus necesidades fisiológicas en público. En otros términos, sobre la base de progresivos problemas de colitis, el señor, que desarrollaba una profesión intelectual y artística de alto nivel, por lo cual debía mostrarse en público frecuentemente, había comenzado a imaginar la posibilidad de perder el control sobre su intestino recto, durante alguna de sus apariciones públicas, y por consiguiente perder el control de sus esfínteres.
Si bien nunca antes había tenido una experiencia concreta de este tipo, la duda que esto pudiera acontecer lo obligaba a tomar precauciones. []
La situación había presentado una escalada tal que en los últimos años este famoso personaje casi se había retirado en una especie de aislamiento defensivo, evitando cualquier situación pública en la cual se pudiese manifestar su problema. Todo esto, en vez de tranquilizarlo, lo había conducido a incrementar cada vez más su fijación fóbica, hasta el punto de inducirlo a tener siempre necesidad, cada vez que salía de su casa, de tener un baño cerca, para poder emplearlo en caso de emergencia. En la práctica, él tenía un mapa mental de todos los baños utilizables en caso de emergencia dentro de su limitado territorio, además comía solamente algunos alimentos que tenía la seguridad de poder tolerar. []
Después de la primera consulta caracterizada por ejercicios preliminares, las consultas posteriores se centraron en buscar la interrupción de las dos soluciones intentadas del paciente que mantenían el problema, es decir, su intención obsesiva de controlar el síntoma focalizándose siempre en escuchar su intestino y su resolución de evitar cualquier situación de riesgo, incluídos muchos alimentos y lugares en donde no hubiese un baño listo para el uso.
La técnica fundamental empleada en este caso fue la de la peor fantasía, que se aplica también en otros trastornos como el pánico, la depresión y los bloqueos de performance.
En la práctica, esta técnica se desarrolla mediante una serie de ejercicios sucesivos; el primero es el siguiente:

Bien, supongo que usted tiene un reloj despertador en su casa, de aquellos que tienen un timbre desagradable. Pues todos los días a la misma hora, que ahora acordaremos entre los dos, deberá activar este despertador y programarlo para que suene media hora más tarde. En esta media hora, usted se encerrará en una estancia de casa y, sentado en una butaca, se esforzará por sentirse mal, se concentrará en las peores fantasías relacionadas con su problema [] hasta producirse voluntariamente una crisis de ansiedad y pánico, permaneciendo en este estado durante media hora. Apenas suene el despertador, usted detendrá el timbre e interrumpirá la tarea [], irá a lavarse la cara y regresará a sus actividades habituales.
 

Nuestro paciente refirió haber tenido una reacción para él imprevisible, que por el contrario es la más usual cuando se asigna este ejercicio. No logró estar mal, no consiguió ni siquiera provocarse una crisis de miedo o ansiedad. Aunque imaginaba las peores fantasías posibles le llegaban incluso fantasías positivas, y todas las veces se había relajado mucho, dos veces incluso se había dormido.
De la manera habitual, le dije que éste era el efecto deseado [], podía comenzar a emplear esta técnica basada en la lógica de la paradoja, ejercitándose hasta aprender a cancelar el miedo, exasperándolo deliberadamente.
De este modo, asigné la siguiente prescripción:

De aquí a la próxima sesión, en vez de retirarse durante media hora para hacer nuestro ejercicio, usted lo realizará cinco veces por día durante cinco minutos cada vez, en donde esté, con quien esté, en los horarios que yo le daré: a las 9, a las 12, a las 15, a las 18 y a las 21 horas; usted mirará su reloj y durante cinco minutos, en el lugar donde se encuentre, tratará de esforzarse para que su trastorno se manifieste; recuerde, no se debe aislar, debe realizar la tarea en el marco de las actividades que esté desarrollando a esas horas.
 

El señor me miró asustado diciendo:

¿Pero usted quiere que haga mis necesidades en público?
 

Y yo repliqué sonriendo:

Podría también suceder, pero usted ha tenido la innegable demostración que cada vez que se provoca voluntariamente este trastorno, éste no llega. Entonces, siga mi prescripción; además, acordamos en la primera sesión que usted realizaría cualquier cosa que yo le pidiera.
 

En la siguiente consulta, el paciente regresó por primera vez con una expresión sonriente, debido a que en la semana anterior había estado definitivamente mejor. No sólo durante varios de los cinco minutos de ejercicio paradójico no se había sentido mal, sino que, al darse cuenta de que de esta manera su miedo decrecía, se había aventurado espontáneamente a alejarse de su casa, más allá de los usuales límites de los baños conocidos.
De aquí en adelante, la terapia prosiguió aumentando las exposiciones al riesgo del sujeto, incrementando su confianza en la técnica de cancelar el miedo provocándolo deliberadamente, hasta conducirlo a ponerla en práctica también cuando el temido trastorno surgía de repente. [] Efectivamente, cuando surgía espontáneamente el miedo a cualquier señal de su intestino, bastaba con provocar el miedo deliberadamente para que éste se desvaneciera, junto con las sensaciones somáticas.
En el lapso de 10 sesiones nuestro intelectual recuperó completamente la autonomía y la capacidad de presentarse en cualquier aparición pública, sin tener más el terror de hacer sus necesidades en público, y además recomenzó también por su propia cuenta a comer alimentos de presunta intolerancia para su intestino, descubriendo que también podía tolerar y digerir alimentos grasos y pesados que pensaba que nunca más podría volver a consumir.”

(De “Psicosoluciones”. Giorgio Nardone. Herder)

 

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