MILTON ERICKSON: UN PULSO CON LA INFANCIA

“Erickson no se dirige a los niños como criaturas necesitadas de amor, sino más bien como pequeños dotados de más poder del que pueden tolerar; actúa así aun en los casos de niños con perturbaciones graves, como los que padecen autismo. Piensa que la inseguridad infantil tal vez se deba a una incertidumbre respecto a los límites fijados a la criatura y que el enfoque terapéutico consiste en imponer límites. El problema está en maniobrar para que sean los progenitores quienes los fijen, y no un extraño, como lo es el terapeuta pediátrico. Cuando se trata de problemas infantiles, su foco está por igual en el  niño y en la situación de la familia.
El siguiente caso ejemplifica un procedimiento aplicado por Erickson con niños con problemas de conducta:
Una mujer de 27 años comenzó a tener serias dificultades con su hijo de 8 años, quien se mostraba cada vez más desafiante, como si cada día descubriese una nueva manera de enfrentarla. La mujer, que se había divorciado hacía dos años por motivos justos que todos reconocían, tenía además dos hijas de 9 y 6 años. Cuando ya llevaba algunos meses saliendo ocasionalmente con hombres, con esperanzas de hallar un nuevo marido, se percató de que su hijo se había vuelto rebelde y constituía un problema inesperado. [] Joe se limitaba a declarar, muy feliz y contento, que pensaba hacer lo que le diera la gana sin que nada, nada en absoluto, pudiera impedírselo.
La conducta del hijo afectó a la escuela y al vecindario, hasta que, literalmente hablando, nada estuvo a salvo de sus depredaciones: destruía bienes de la escuela, desafiaba a los maestros, agredía a sus compañeros, rompía las ventanas de los vecinos y destruía sus canteros de flores. Vecinos y maestros se esforzaron por tomar cartas en el asunto, pero sólo lograron intimidarlo. Por último, espezó a destruir objetos de valor dentro del hogar; lo hacía especialmente por la noche, después de que su madre se dormía, y a la mañana siguiente la enfurecía negando descaradamente su culpabilidad.
Esta última diablura fue lo que impulsó a la madre a traérmelo para que lo tratara. Mientras ella me contaba su historia, Joe escuchaba con una amplia sonrisa de triunfo y cuando hubo concluido declaró con jactancia que seguiría haciendo lo que se le antojara, pues yo no podría hacer nada para impedíselo. En tono grave y formal, le aseguré que no necesitaba hacer nada para cambiar su conducta: él era un buen muchacho, grande, fuerte y muy listo, y tendría que cambiar su conducta por sí mismo. Afirmé que su madre se limitaría a darle una oprtunidad de cambiar su conducta “por sí solo”. Joe recibió esta formulación con despectiva incredulidad. Le dije que le explicaría a su madre algunas cosas simples y pequeñas que ella podría hacer para que él lograse cambiar por sí solo su conducta, lo desafié con la mayor amabilidad a que intentara imaginar qué podrían ser esas pequeñas cosas y lo hice salir del consultorio. Mi  desafío sirvió para que la perplejidad lo hiciera reflexionar y quedarse tranquilo mientras aguardaba a su madre.
Una vez a solas con ella, le hablé de la necesidad que experimenta el niño de vivir en un mundo donde pueda tener la certeza de que hay alguien más fuerte, más poderoso que él.
Hasta el presente, su hijo había demostrado con creciente desesperación la inseguridad de su mundo, donde la única persona fuerte era él, un pequeño de 8 años. Después le impartí consignas clarísimas sobre qué debía hacer en los dos días siguientes.
Cuando salieron del consultorio el niño me preguntó desafiante si le había recomendado que lo zurrara. Le aseguré que no se tomaría medida alguna, salvo darle ocasión de cambiar su propia conducta; nadie más que él la cambiaría. Esta respuesta .lo dejó perplejo. En el camino a casa la madre le infligió un severo castigo corporal para obligarlo a que la dejara manejar el coche sin riesgos. Anticipando este mal comportamiento, le había aconsejado a la mujer que actuara sumariamente, sin discusiones. La velada transcurrió como de costumbre, con Joe viendo televisión a su antojo.

A la mañana siguiente vinieron los abuelos y se llevaron a las dos hermanas. Joe pensaba ir a nadar, así que pidió perentoriamente su desayuno, quedándose atónito al ver que su madre llevaba al living unos sandwiches envueltos, fruta, un termo con jugo de frutas, otro café y varias toallas, disponiéndolo todo sobre un pesado diván junto con el tteléfono y algunos libros. Joe exigió que le preparara su desayuno al instante, amenazándola con destruir lo primero que cayera en sus manos si no se apuraba. La madre se limitó a sonreírle, lo agarró, lo arrojó prestamente al suelo, boca abajo, y se sentó con todo su peso descansando sobre él. Joe le gritó que se levantara y ella respondió que, habiéndose desayunado ya, no tenía nada que hacer más que pensar cómo podía cambiar la conducta de su hijo. Empero, señaló que estaba segura de que no conocía ningún medio, de modo que todo dependería de él.
El niño se debatió rabiosamente contra el peso, la fuerza y la pronta destreza de su madre; chilló, vociferó, gritó obscenidades y malas palabras, sollozó y, finalmente, prometió en tono lastimero que siempre se portaría bien. Ella le contestó que de nada valía su promesa, puesto que aún no se le había ocurrido cómo cambiar su conducta, provocando con esto otro arrebato de furor, que luego dio paso a una súplica urgente de que le permitiera ir al baño. La madre le explicó con dulzura que todavía no había acabado de reflexionar, ofreciéndole una toalla para secarse; así no se mojaría demasiado. Esto desató en Joe otro arranque de lucha salvaje, que pronto lo dejó exhausto. Ella aprovechó la tregua para hablar por teléfono con su madre, a quien le explicó en tono casual que todavía no había llegado a ninguna conclusión en sus reflexiones, por lo cual creía realmente que cualquier cambio de conducta debería provenir de Joe. El niño, que la estaba escuchando, saludó esta observación gritando con todas sus fuerzas; ella se limitó a comentar que Joe estaba demasiado ocupado berreando, como para pensar en cambiar su conducta, y acercó el micrófono a la boca del niño para que se oyeran mejor sus gritos.
Joe cayó en un silencio dolorido, roto por súbitos arranques de esfuerzos violentos, gritos, exigencias y sollozos interrumpidos por lastimeras súplicas. La madre respondía siempre con la misma suavidad. Pasó el tiempo; ella se sirvió café, jugo de frutas, comió sandwiches y se puso a leer un libro. Poco antes de mediodía, el niño le dijo de manera cortés que de veras necesitaba ir al baño. Ella confesó idéntica necesidad y le explicó que podría ir si prometía volver, acostarse de nuevo en el suelo y dejarla sentarse cómodamente encima. Tras algunos lloriqueos, el niño accedió y cumplió lo prometido, pero casi enseguida volvió a debatirse violentamente, procurando zafarse. Cada triunfo acariciado y perdido lo impulsaba a nuevos esfuerzos más y más extenuantes. Mientras descansaba, la madre comió fruta, tomó café, hizo algún llamado telefónico y leyó un libro.
Cuando ya habían pasado más de 5 horas, Joe se rindió declarando con total humillación que haría cualquier cosa, que haría cuanto ella le ordenase. Su madre le replicó, con su tono simple y grave, que su meditación había sido en vano: no sabía qué decirle que hiciera. Al oir esto Joe rompió a llorar, pero a poco le dijo entre sollozos que él sabía qué debía hacer. Ella le contestó con suavidad que se alegraba mucho, pero que no creía que hubiese tenido tiempo suficiente para reflexionar a fondo; quizás le convendría seguir meditando otra hora más. Joe aguardó en silencio, mientras su madre leía tranquilamente; transcurrida ya más de una hora, ella hizo un comentario alusivo pero añadió que deseaba terminar el capítulo. Joe suspiró temploroso y sollozó en silencio, en tanto ella finalizaba su lectura.
Terminado por fin el capítulo, la madre se levantó. Joe hizo lo mismo y pidió tímidamente algo de comer, a lo cual ella respondió explicándole con lujo de detalles que era demasiado tarde para almorzar, que el desayuno siempre precedía al almuerzo y que era demasiado tarde para desayunar. Le sugirió que en vez de comer bebiera un poco de agua helada y se fuera a la cama a tomarse un descanso reparador por el resto de la tarde.[]
Después del desayuno, Joe empezó a limpiar su cuarto sin que nadie se lo dijera y cuando hubo terminado pidió permiso a la madre para visitar a los vecinos. [] Lo vio tocar el timbre de la casa contigua y hablarle brevemente al vecino cuando éste abrió la puerta. Después supo que había recorrido el vecindario ofreciendo sus disculpas, prometiendo que volvería lo antes posible para reparar lo dañado. [] Al día siguiente Joe fue a la escuela y allí repitió sus disculpas y promesas. []
Más adelante la madre me explicó:

Este potro salvaje me sacudió tanto que me di cuenta de que tendría que actuar en serio si quería conservar mi asiento. Aquello se convirtió en una puja por ver quién de los dos era el más listo, y supe que tenía un verdadero trabajo por delante. Luego empecé a disfrutar por anticipado de sus movimientos, contrarrestándolos. Fue algo así como una partida de ajedrez. Ciertamente, aprendí a admirar y respetar su determinación y gocé muchísimo al frustarlo tan cabalmente como él me había frustrado a mí. Sin embargo, pasé un momento malo, espantoso: cuando volvió del baño y comenzó a acomodarse, tendido en el suelo, me miró con una expresión tan lastimera que hubiese querido abrazarlo. Pero recordé que usted me había dicho: que no aceptara su rendición por lástima, sino únicamente cuando la cuestión estuviese dirimida. En ese instante supe que había triunfado, de modo que me esforcé al máximo por no dejarme invadir por la piedad. Eso facilitó el resto del trabajo y me permitió comprender de veras qué hacía y por qué. “
 

(De “Terapia no convencional. Las técnicas psiquiátricas de Milton H. Erickson. Jay Haley. Amorrortu Editores)

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