LA CONCIENCIA QUE INVESTIGA LA CONSCIENCIA

Filósofo meditando. Rembrandt van Rijn

La duda, cuando se hace obsesiva y tortura mental, si se somete a un atento análisis basado en las funciones de la mente, puede considerarse como la intrusión de la conciencia en la consciencia; una especie de juicio interno que, desde una posición de superioridad, analiza nuestras acciones y pensamientos poniendo en duda su validez y corrección.
William James (1890) observa de qué modo los “flujos de la conciencia” son el fruto de una interacción constante entre percepción, acción, experiencia, emociones y pensamiento, que se construyen como reflexión que se abstrae de los procesos en curso, pero que también llega a ser parte integrante de los mismos, dado que influye y es influida por estas dinámicas psicológicas. La consciencia concerniría, en cambio, al sentir y elaborar el propio ser y obrar sin abstracción cognitiva que se separa de la experiencia. A este respecto Salvini y Bottini (2011), en su riguroso análisis de los estudios sobre la conciencia, ponen de relieve, siguiendo los pasos de J. Jaynes, que esta es una representación de la realidad mediatizada por el lenguaje y los códigos simbólicos, utilizada por el ser humano para dar sentido a la realidad perceptiva. Así, lo que la conciencia nos dice no es algo concreto y tangible, sino el producto de dinámicas complejas entre la mente y los sentidos y la mente con sí misma. Se trata de una representación mediatizada por códigos simbólicos de la experiencia que se separa de la realidad para elevarse como juez severo de esta última, hasta el punto de ser metafóricamente definida como “el incómodo inquilino que reside en nosotros” (Salvini, Bottini, 2011). Cuando esta inquietante presencia se impone con prepotencia en el escenario de nuestra vida, interfiere con nuestras experiencias y nuestras vivencias y altera sus sentidos y significados. Incluso dichos de uso común como “tener la conciencia en su sitio para estar serenos”, o bien sufrir por “no tener la conciencia tranquila”, o estar “en paz con la conciencia” indican claramente que nuestro incómodo inquilino mental es visto como un juez severo.
Como hemos subrayado muchas veces, el hecho de que desde hace milenios los productos del pensamiento consciente hayan sido considerados el olimpo de la naturaleza y de la experiencia humana ha provocado que, la mayoría de las veces, estos hayan sido sobrevalorados con respecto a la experiencia de los sentidos y a la percepción consciente e inconsciente de los fenómenos que llamamos “reales”. Se olvida demasiado a menudo la advertencia de santo Tomás: Nada hay en el intelecto que no haya pasado antes por los sentidos.También Freud se dio cuenta de ello y dividió los componentes de la personalidad en el yo, el ello y el super-yo. El último representa la “ley del padre”, que indaga, juzga y condena las instancias del ello, esto es, las pulsiones instintivas, mientras que el yo intenta mediar entre las tendencias transgresoras y las representaciones para encontrar el equilibrio psíquico.


Desnudo descendiendo una escalera
(Duchamp). Bajando una escalera no conviene
que la conciencia irrumpa en la consciencia.

El predominio del intelecto más elevado, con Platón y Hegel como sus grandes defensores, conduce al hombre a privilegiar el fruto de las reflexiones y las especulaciones desde su conciencia respecto de la experiencia y la consciencia operativa. Hegel (1837) sostenía: Si los hechos no coinciden con la teoría, tanto peor para los hechos.
El pensamiento eleva, la acción embrutece: esta postura de esnobismo intelectual sigue teniendo adeptos e incluso encuentra apoyo en algunas formas de psicología demasiado orientadas a los procesos cognitivos. Sin embargo, es importante considerar que este desequilibrio se convierte en fuente de problemas para el ser humano cuando sus especulaciones topan con argumentos y dilemas que no pueden resolverse únicamente a través de procesos de reflexión racional. Si, por ejemplo, tuviera la duda de ser un pedófilo, podría pasar años reflexionando sobre ello sin encontrar vías de salida racionales. Probablemente comenzaré a vigilar de modo consciente mis sensaciones ante los niños, y en este punto la conciencia tenderá una emboscada a la consciencia: la voluntad de medir mis sensaciones terminará por alterarlas, procurándome todavía más dudas, en lugar de respuestas tranquilizadoras.
Se debería recordar, siguiendo a Bertrand Russell (1910), que toda realidad bajo observación debería gestionarse con los instrumentos propios de su “clase lógica”. Por lo tanto, las especulaciones de la conciencia deberían aplicarse solo al universo de las ideas y los conceptos abstractos y no a las experiencias, los hechos concretos, los proyectos y las acciones; del mismo modo, la consciencia del conocimiento del propio sentir y obrar debería aplicarse únicamente al mundo de las interacciones directas con la experiencia en curso.
Por esto la conciencia debería ayudarnos a valorar nuestras percepciones y nuestros pensamientos, conduciéndonos a las mejores elecciones a través de la reflexión antes y después del desarrollo de la experiencia: si irrumpimos en la escena en curso, alteramos peligrosamente sus condiciones.
Otro ejemplo ilustrativo se encuentra en las preguntas del tipo :¿Qué sentido tiene esto? ¿Cuál es el significado profundo de lo que estoy viviendo?. Estas preguntas acostumbramos a planteárnoslas nosotros mismos mientras estamos haciendo algo agradable. El efecto inmediato es el bloqueo de las sensaciones placenteras en curso y el desplazamiento de la relación con la experiencia que vivimos a la relación entre el yo que interroga y el yo que debe responder a la cuestión.

“Meditando en el cerro”. Javier Molina Henriquez

La consciencia de la belleza de lo que se experimenta contemplando, por ejemplo, un panorama espléndido, queda totalmente oscurecida por la reflexión consciente sobre el sentido de aquello. El pensamiento invade la escena de las sensaciones y por consiguiente las anula.
Si, con la voluntad de perjudicarse a sí mismo, el lector quisiera amargarse constantemente la vida no tendría más que esforzarse en reflexionar sobre el sentido profundo de cada cosa que está viviendo. Esta es, de hecho, una de las instrucciones sugeridas por Paul Watzlawick en El arte de amargarse la vida (1983).
Para el hombre moderno es realmente necesario reequilibrar el peso dado a las diversas funciones psicológicas interdependientes, aprendidendo a alternar el permitirse vivir y experimentar y el refugiarse en la torre de marfil del pensamiento que se abstrae de las sensaciones, con el fin de llevar a cabo reflexiones adecuadas que enriquezcan la experiencia en lugar de limitarla o atraparla”

(De “Pienso, luego sufro. Cuando pensar demasiado hace daño”. Giorgio Nardone y Giulio de Santis. Paidós)

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