EL ARTE DEL PSICOANÁLISIS SEGÚN JAY HALEY

“El psicoanálisis, de acuerdo con el estudio de Potters, es un proceso psicológico dinámico que involucra a dos personas: un paciente y un psicoanalista. Durante este proceso, el paciente insiste en que el analista esté por encima, mientras intenta desesperadamente colocarlo por debajo, y por su parte, el analista insiste en que el paciente permanezca por debajo para ayudarle a que aprenda a colocarse por encima. El objetivo de la relación es la separación amistosa del analista y el paciente.
Diseñado cuidadosamente, el encuadre psicoanalítico consigue que la posición superior del analista sea practicamente invencible. En primer término, el paciente acude voluntariamente en busca de ayuda, aceptando así su posición inferior desde el comienzo del tratamiento. Además, refuerza esa posición al pagar dinero. En ocasiones, algunos analistas rompieron temerariamente la estructura de la situación no cobrando a sus pacientes. Al no recordarles con regularidad (en el día de pago) que debían hacer un sacrificio para mantener a su analista -obligándolos así a reconocer la posición superior de éste último aun antes de haber comenzado a hablar-, hicieron peligrar esta posición. En realidad, sorprende que un paciente que comienza desde posición tan precaria consiga alguna vez colocarse por encima, pero en discusiones privadas los analistas admitirán, y de hecho lo admiten mientras se tiran de los pelos, que los pacientes pueden ser extremadamente sagaces utilizando una gran variedad de ingeniosas jugadas que los obligan a ser muy hábiles para conservar su posición superior.
No hay espacio aquí para hacer una revisión de la historia del psicoanálisis, pero debería tenerse en cuenta que desde sus comienzos se hizo evidente la necesidad del analista de apoyarse en el encuadre para permanecer por encima de los pacientes que lo sobrepasaban en astucia.
La utilización del diván fue su primera arma. Colocando al paciente sobre un diván, se le crea la impresión de tener los pies en el aire y, al mismo tiempo, la certeza de que el analista los tiene sobre la tierra. El paciente no sólo se desconcierta por tener que hablar acostado, sino que se halla literalmente debajo del analista, de modo que su posición por debajo está reforzada geográficamente. Además, el analista se sienta detrás del diván, desde donde puede observar al paciente sin que éste lo vea, provocándole el mismo desconcierto que uno sentiría si tuviera que luchar contra un oponente con los ojos vendados. Incapaz de observar las respuestas que provocan sus jugadas, mo está seguro de si está situado por encima o por debajo. Algunos pacientes intentan resolver este problema al decir algo así como:


Un paciente “giratorio”

“Anoche me acosté con mi hermana”,


girándose de inmediato para ver cómo responde el analista. Por lo general, estas jugadas de impacto fracasan. Es posible que el analista haga una mueca, pero tiene tiempo de recobrarse antes de que el paciente pueda terminar de girarse. La mayoría de los analistas han desarrollado técnicas para enfrentarse al paciente “giratorio”. Cuando éste se da la vuelta, miran al vacío, juegan con un lápiz, se arreglan la ropa u observan peces tropicales. Es fundamental que el paciente, cuando tiene la rara oportunidad de observar al analista, sólo se encuentre frente a una presencia impasible.
La posición detrás del diván tiene aún otro objetivo. Hace inevitable que todo lo dicho por el analista adquiera una importancia exagerada porque el paciente no tiene otros medios para determinar los efectos que produce en él. El paciente está pendiente de cada palabra del analista y, por definición, el que depende de las palabras del otro está por debajo.
Tal vez el arma más poderosa de todo el arsenal del analista sea el silencio. Este pertenece a la categoría de las jugadas de desamparo o de “negarse a presentar batalla”. Es imposible ganar una contienda con un enemigo desvalido, ya que si se gana, no se gana nada. Los golpes no se devuelven y todo lo que se puede sentir es culpa por haber golpeado, mientras se experimenta la incómoda sospecha de que el desamparo está calculado. El resultado es furia y desesperación contenidas, dos emociones características de la posición por debajo. El paciente se pregunta: “¿Cómo puedo colocarme por encima de un hombre que no responde y no compite conmigo por la posición superior de un modo abierto y limpio?. Por supuesto, los pacientes encuentran soluciones, pero les lleva meses y, por lo general, años de intenso análisis encontrar la forma de obligar a su analista responder. Formalmente el paciente comienza de un modo más bien burdo diciendo algo así:

“A veces pienso que usted es un idiota”


 Espera que el analista reaccione a la defensiva y se coloque por debajo. El analista, en cambio, responde con la jugada del silencio. El paciente va más lejos y dice:


“Estoy seguro de que usted es un idiota”.


La respuesta sigue siendo el silencio. Desesperado, el paciente dice:


¡Dije que usted es un idiota, maldito sea, y lo es!


Nuevamente el silencio.
¿Qué otra cosa puede hacer el paciente que disculparse, pasando así voluntariamente a la posición por debajo?
A menudo un paciente descubre la efectividad de la jugada del silencio y prueba utilizarlo, intento que termina de inmediato cuando se da cuenta de que está pagando una gran suma de dinero por hora por yacer en silencio sobre el diván. []


El analista aprende a desbaratar las maniobras del paciente. Lo consigue fácilmente, por ejemplo, respondiendo inapropiadamente a lo que el paciente dice, haciéndolo dudar así de todo lo aprendido en sus relaciones anteriores. El paciente dice por ejemplo: “Todos deberían decir la verdad“, esperando que el analista esté de acuerdo y pueda conservar así el liderazgo de la situación. El que cede la conducción al otro está por debajo. El analista puede responder con el silencio, una jugada relativamente débil en esta circunstancia, o puede decir: “¿Ajá?” El “ajá” se pronuncia con la inflexión adecuada, como para dar a entender: “¿Cómo se le habrá ocurrido semejante idea?”, lo cual no sólo hace dudar al paciente de su enunciado sino también de lo que el analista quiere decir con ese “ajá”. La duda representa, por supuesto, el primer paso hacia la posición por debajo. []
Las maniobras analíticas destinadas a provocar dudas en un paciente se instituyen desde el comienzo. Por ejemplo, el analista dice: “Me pregunto si realmente siente eso“. La utilización del término <> es corriente en la práctica analítica; implica que el paciente tiene motivaciones de las cuales no es consciente. Cualquiera se siente sacudido, y por lo tanto, por debajo, ante esa sospecha. [] Por ejemplo, si el paciente cuenta alegremente los buenos momentos pasados con su novia, esperando provocar celos (una posición por debajo) en el analista, éste debe contestar: “Me pregunto lo que significa realmente esta chica para usted“, con lo que el paciente duda si tiene relaciones sexuales con una chica llamada Sue o con un símbolo inconsciente. Es inevitable entonces que se vuelva hacia el analista para que le ayude a descubrir lo que significa realmente la chica para él. []
Si el paciente descubre que el analista se incomoda cuando hablan de la homosexualidad, lo explotará de inmediato. El analista que toma estos comentarios como referidos a su persona está perdido. Su única posibilidad de sobrevivir es detectar mediante sus entrevistas de diagnóstico a los pacientes capaces de descubrir y explotar sus puntos débiles y derivarlos a otro analista con otros puntos débiles. En el entrenamiento analítico también se anticipan las jugadas más desesperadas de los pacientes. A veces un paciente estará tan decidido a colocarse por encima de su analista que adoptará la jugada del suicidio. Muchos analistas, ante una amenaza de suicidio, reaccionan de inmediato sintiéndose por debajo; alucinan titulares en los diarios y murmuraciones de colegas que enumeran burlonamente cuántos de sus pacientes se colocaron por encima tirándose desde un puente. La manera más común de prevenir el uso de esta jugada es “no tomarlo personalmente”. El analista dirá: “Bueno, sentiría mucho que usted se volara la tapa de los sesos, pero seguiría trabajando”; el paciente abandona entonces sus planes cuando se da cuenta de que ni siquiera matándose logrará colocarse por encima. []



Si preparó cuidadosamente el terreno por medio de un diagnóstico cuidadoso (conocer los puntos débiles), y si logró que el paciente dudara lo bastante de sí mismo, el analista obtendrá una posición ventajosa uno y otra vez a lo largo de los años. Por último, ocurre algo sorprendente; el paciente intenta colocarse por encima de manera casual, el analista lo coloca por debajo y al paciente no le importa. Ha alcanzado el punto donde ya no le interesa quién de los dos controla la situación, en otras palabras, está curado. El analista entonces lo despide, anticipándose a que el paciente le anuncie que se retira. Luego consulta su lista de espera e invita a otro paciente, quien, por definición es alguien que necesita estar por encima y se siente molesto si está por debajo y así continúa el trabajo cotidiano en el difícil arte del psicoanálisis.”

(De “Las tácticas de poder de Jesucristo” Jay Haley. Paidós)

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