LA PRESCRIPCIÓN DEL SÍNTOMA PARA LA MUJER DE HIELO

             El arte de dar sabor a los placeres es el de ser avaro de ellos
                                         JEAN-JACQUES ROUSSEAU

“Una joven mujer casada, de aspecto bello y físicamente sana, está angustiada por el hecho de que nunca ha experimentado nada durante las relaciones sexuales. [] Tras casarse con el hombre adecuado, diez años mayor que ella, y desde luego suficientemente experto, persiste la incapacidad de experimentar ni tan siquiera la más mínima sensación de placer durante el acto sexual, sobre todo durante la penetración; por otra parte, la mujer no desea nunca empezar las relaciones sexuales, que se aviene a llevar a cabo solamente cuando el marido se lo requiere.
Esta “anestesia” y esta indiferencia se convierten en un problema cuando, al comparar las historias de las experiencias sexuales con amigas de su misma edad, sale a la luz que, al parecer, la mujer “se está perdiendo un poquito de diversión”.
Como sucede a menudo, desde aquel momento, las cosas en vez de mejorar empeoraron: antes de cada relación sexual, la joven esposa está en una situación de concentración y tensión psicofísica desesperada, dirigida a la búsqueda del más mínimo indicio de aquel placer que nunca ha experimentado. El marido, por su parte, aunque no parece angustiarse demasiado por el problema, empieza a prodigarse con toda una serie de habilidades y técnicas que, por lo que dicen los expertos que abarrotan los medios de comunicación, tendrían que “descongelar” a su mujer. Estas técnicas, y el clima poco natural que le acompaña, tienen el efecto de bajar aún más la temperatura emocional de los encuentros, que empiezan a vivirse por parte de ambos cónyuges como fuente de sufrimiento. En este punto la mujer viene a terapia. []
El problema, desde el punto de vista estratégico-constructivista, se basa en las soluciones intentadas llevadas a cabo por la paciente y, a partir de un cierto momento, por su pareja. Los dos han intentado provocar voluntariamente sensaciones que sólo se pueden experimentar de forma espontánea, y se han visto atrapados en la clásica paradoja del tipo “sé espontáneo”, un autoengaño patológico que puede vencerse sólo con un contra autoengaño igualmente paradójico.
Se les da la prescripción siguiente:

De ahora en adelante y hasta la próxima sesión, que será dentro de dos semanas, ha de asegurarme que hará al pie de la letra todo lo que le pido. Sé que podrá parecer extraño, pero tendrá que hacer exactamente lo que le pido, y sin hacerme preguntas; le daremos las explicaciones más adelante. Lo que le pido que haga es que se vaya a casa y no le diga nada en absoluto a su marido de lo que le he prescrito; cuando tenga la próxima relación sexual, y las siguientes, tendrá que colocarse en una situación de voluntad absoluta de no experimentar nada. En otras palabras, le prohíbo que experimente alguna sensación, de cualquier tipo, a cualquier nivel, en cualquier parte del cuerpo. Usted tendrá que esforzarse en estar absolutamente anestesiada. Más bien, aún le diré más: tendrá que esforzarse en evitar todas aquellas estimulaciones que sabe que son capaces de provocar la mínima respuesta fisiológica o emocional que hasta ahora experimentaba, aunque raramente, en las relaciones sexuales. Por lo tanto, de ahora en adelante usted será una estatua de hielo. []

Después de dos semanas, se presenta a la sesión con un aire de complicidad y diversión. Explica que, de forma incomprensible, durante la primera relación sexual que tuvo tras la entrevista se esforzó en no experimentar ninguna sensación; sin embargo, para su enorme sorpresa, precisamente en aquella ocasión experimentó algunas sensaciones agradables que nunca antes había experimentado. Más bien, mientras más se esforzaba en permanecer indiferente, más su cuerpo le traicionaba haciéndole experimentar auténticas olas de placer que no sospechaba que se pudieran dar en una persona. Después de algunos minutos, experimentó una sensación explosiva que identificó con el orgasmo. Finalizada la relación, el marido, asombrado con ella, le preguntó: “Pero, ¿qué ha pasado esta vez?” También en las relaciones siguientes, la agradable novedad continúa y esto no tarda en restablecer una atmósfera de serenidad que hacía mucho tiempo que no se experimentaba. []

Esta solución aparentemente mágica de un problema a causa del cual la paciente, y la pareja, corría el riesgo de adentrarse en un recorrido caro y poco agradable, se debe a la aplicación de una forma de esta estratagema terapéutica que tiene el nombre de “prescripción del síntoma“. Se entiende con este término la situación en la cual el terapeuta pide al paciente que lleve a cabo de manera voluntaria precisamente aquel comportamiento que desea eliminar; de este modo, si una persona no consigue librarse de la obsesión a ordenar objetos de su habitación hasta que éstos no están en un orden geométrico preciso (un ejemplo frecuente de síntoma que pertenece al trastorno obsesivo-compulsivo), se pide a esta persona que efectúe toda una serie comportamientos de ordenación de los objetos mismos, es decir, que se esfuerce activamente, en vez de inhibir la compulsión, que la favorezca y que la empeore [].
Según Cloé Madanes, corresponde a Frankl el mérito de haber llamado la atención por primera vez sobre este tipo de estratagemas; no obstante, es una vez más a Milton Erickson a quien se reconoce el hecho de haber sacado a la palestra del mundo científico y psicoterapéutico todo el valor de este potente medio de cambio. La prescripción del síntoma, que puede parecer un sistema de curación bastante paradójico, funciona porque se basa en un preciso fenómeno que ha sido descrito con claridad ejemplar por Paul Watzlawick: ésta lleva a cabo la suspensión de la realización, por parte del paciente, de las soluciones intentadas que adopta para oponerse al síntoma mismo; puesto que la persistencia del síntoma (y su agravamiento) derivan de la aplicación de las soluciones intentadas, que instauran una patógena espiral autorrecursiva, la suspensión de las soluciones intentadas (convertidas en inútiles ya que se da vía libre al síntoma que ellas deberían controlar) induce a la ruptura del rígido sistema de persistencia del problema.

(De “La mente contra la Naturaleza. Terapia breve estratégica para los problemas sexuales” Giorgio Nardone y Matteo Rampin. Integral)

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