PROBLEMAS CONYUGALES: EL SISTEMA COMO METÁFORA

“En torno del síntoma de uno de los esposos se desarrolla un sistema de interacción que se convierte en una analogía de la lucha conyugal, que la pareja no puede resolver. Vale decir, el síntoma es en sí mismo una metáfora (v. gr., una esposa que vomita compulsivamente puede estar expresando su desagrado por el marido), y la forma en que la pareja aborda el síntoma es una metáfora sistémica de otros tipos de interacción que mantienen en diversas esferas de su vida en común. []
Los casos clínicos que siguen ejemplifican cómo se puede resolver el problema que presenta uno de los cónyuges cuando se resuelve la incongruencia jerárquica en la pareja. [].
Un hombre de sesenta años de edad había sufrido una grave depresión durante varios años. La terapia individual y de grupo había fracasado. Se levantaba de madrugada preocupado por sus serias dificultades de trabajo, que eran el resultado de haber descuidado su negocio durante cinco años a causa de la depresión. La esposa era una psicoterapeuta que, al crecer los hijos, había retomado sus estudios con el aliento y el apoyo del marido y estaba ahora exitosamente dedicada a su carrera. la presunta “depresión” del marido se había constituido en el foco de un sistema de interacción que definía la existencia jerarquía incongruente en la pareja.
Aparentemente, las cosas ocurrieron así. En los primeros años de su matrimonio, el marido había ocupado una posición dominante. Luego la esposa desarrolló intereses fuera del matrimonio y comenzó a dedicarse a su carrera de terapeuta. Cuanto mejor le iba a ella en su trabajo, peor le iba al marido en el suyo. A medida que aumentaban las dificultades de él, ella era definida cada vez más como la profesional competente de la pareja. Él comenzó a “deprimirse” -problema que estaba dentro de la especialidad de su mujer como terapeuta-. Para el marido, la depresión era tanto una fuente de poder sobre su esposa como una fuente de debilidad en relación con ella. La mujer estaba en una posición superior, competente, apoyando y aconsejando a su marido; pero también estaba en una posición inferior porque fracasaba en ayudarlo. La interacción en torno a la depresión del marido era una analogía de la interacción de la pareja en torno de la reacción del marido frente al creciente éxito de su esposa y su progresivo apartamiento del hogar. La depresión era una metáfora de las dificultades conyugales y a la vez una solución para tales dificultades, al mantener a la esposa preocupada por el marido.
El marido acudio solo a la primera entrevista diciendo que su esposa había tenido imprevistamente un compromiso en su trabajo. Tras escuchar el relato del problema, el terapeuta le dijo al hombre que se trataba de un acaso de diagnóstico erróneo: él no era un caso de depresión, era simplemente irresponsable. Había sido irresponsable al descuidar durante cinco años su trabajo, y su problema consistía en hacerse responsable nuevamente. El hombre quedó sorprendido, pero aceptó el diagnóstico de irresponsabilidad en vez de depresión, y así aceptó que su conducta era voluntaria y podía ser voluntariamente modificada. []
En el pasado, al interactuar en torno a la depresión, el marido había sido el desvalido y ella la persona competente, comprensiva, encargada de reanimarlo, por exasperada que se sintiera con él. Si el terapeuta hubiera aceptado el diagnóstico de depresión, le habría sido difícil no entablar con el hombre la misma relación que su esposa; y así como esta había fracasado en sus intentos de ayuda, también hubiera fracasado él. [] El marido ya no podría derivar poder del desvalimiento de su síntoma, y ambos cónyuges tendrían que tratarse mutuamente de otro modo.
En la primera sesión, el terapeuta le indicó al marido que la próxima semana tendría que poner el despertador todas las noches para levantarse a las tres y media de la madrugada y, durante media hora, preocuparse por su situación. No debía preocuparse por su situación en ninguna otra hora del día. También le demandó ponerse al día con su trabajo atrasado, pues de lo contrario la semana siguiente iba a tener que prolongar el tiempo dedicado a preocuparse.
En la segunda sesión el hombre comentó que había puesto el despertador a las tres y media en una sola oportunidad y que se negaba rotundamente a volver a hacerlo, porque era una tontería. Sin embargo, esa semana había dormido bien (no volvió a traer este problema en toda la terapia). Tampoco se había entregado a preocuparse demasiado, y había empezado a reordenar su oficina. A esta segunda entrevista concurrió su mujer. [] Dijo que cada vez la exasperaba más la conducta de su marido, ya que la situación económica de ambos se veía seriamente amenazada por su negativa a trabajar. El terapeuta compartió los sentimientos de la mujer y le pidió que hiciera un plan, fijando ciertas obligaciones en materia de trabajo que el marido debería cumplir. Si en determinado periodo él no las cumplía, iba a tener que hacerlo ella, aunque eso implicara para ambos una considerable pérdida de dinero, ya que el marido era experto en esa tarea y ella no. Ella también debía telefonear al marido a la oficina en forma regular a fin de asegurarse de que estuviera trabajando. Con estas directrices, el terapeuta exageraba un aspecto de la jerarquía incongruente, según el cual la mujer se hallaba en posición superior a su incompetente marido. Se presumía que la pareja habría de responder reorganizándose en una jerarquía más razonable y congruente. [][]
Dos semanas después, la mujer informó que al marido le iba mucho mejor en su trabajo, que había estado animado e incluso había hecho un aporte importante dentro de su especialidad. El marido minimizó este logro, y se lamentó diciendo que las cosas seguían igual que antes. El terapeuta afirmó que era evidente que existía un desacuerdo entre ambos al respecto, y que necesitaban una nueva manera de verificar la comunicación entre ambos. Indicó al marido que durante la próxima semana él debería fingir, en tres ocasiones, ser irresponsable e inepto, y la esposa debía tratar de descubrir si realmente se sentía así. [] De este modo, el terapeuta dispuso las cosas de tal suerte que si el marido se mostraba irresponsable e inepto, la mujer no sabría si se sentía verdaderamente así o si estaba acatando las instrucciones del terapeuta. Por consiguiente, ella no reaccionaría en su forma acostumbrada.

En la sesión siguiente, sin embargo, el terapeuta se enteró de que el marido no había seguido sus directrices. Le pidió entonces que fingiera irresponsabilidad e ineptitud en la sesión misma; el marido lo hizo, con gran dificultad y bajo una andanada de críticas de la esposa y del terapeuta, que encontraban muy poco verosímil su conducta irresponsable e inepta. En el pasado, lo habitual en la interacción entre marido y mujer había sido que él se lamentara de sus problemas y que ella le brindara apoyo y consuelo. Ahora, el marido fingía lamentarse y ella lo criticaba por no fingir con suficiente realismo. En esta nueva interacción estaba implícito que al marido le era difícil mostrarse irresponsable e inepto. Como él ya no estaba deprimido, sino que estaba trabajando duro y haciendo grandes progresos, el terapeuta sugirió que en vez de concurrir a la próxima sesión planearan un almuerzo los dos juntos. Así, el terapeuta comenzaba a separarse de la pareja antes de poner término al tratamiento. [][]

La interacción entre marido y mujer mejoró; comenzaron a pasar más tiempo juntos y sus relaciones sexuales se volvieron más variadas. Al mejorar su relación, ya no necesitaron apelar al sistema de interacción en torno del síntoma como analogía y solución de sus dificultades.
En este caso, un marido que antes era el dominante en la pareja desarrolló un síntoma de depresión, y quedó así definida una jerarquía incongruente. La depresión era una fuente de poder sobre su esposa y, simultáneamente lo situaba en posición de inferioridad con respecto a ella. Por su parte, la esposa se encontraba en una posición inferior por su incapacidad de ayudarlo, pese a que ayudar a los demás era su oficio. El terapeuta comenzó por organizar a la pareja de modo tal que el poder y la debilidad no estuvieran ya centrados en la conducta sintomática, y luego cambió la organización del matrimonio”.

(De Terapia familiar estratégica. Cloé Madanes. Amorrortu editores)

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