DOS HISTORIAS DE MILTON ERICKSON

MARIDO AMANTE:

“Un día llegué a mi casa y encontré allí a una nueva paciente, ya sentada esperándome. Le pregunté su nombre, dirección, etc y el motivo por el cual había venido a verme.
Tengo una fobia a los viajes en avión, me respondió.
Señora, le contesté, usted ya estaba sentada en esa silla cuando llegué al consultorio. ¿Quiere levantarse, por favor, ir hasta la sala de espera y después volver y sentarse de nuevo?
Lo hizo, aunque a regañadientes. Y bien, ¿cuál es su problema?, volví a preguntarle.
Mi marido amante me va a llevar al extranjero en septiembre, y yo tengo un espantoso terror a los viajes en avión.
Señora, recalqué, cuando una paciente va a ver a un psiquiatra no puede regatearle ninguna información. Yo sé algo con respecto a usted. Voy a hacerle una pregunta desagradable, porque es imposible ayudar a una persona si ésta no nos da toda la información necesaria. Le haré una pregunta que quizás a usted le parezca desvinculada de su problema.
Está bien, concedió ella.
¿Sabe su marido que usted tiene un enredo amoroso con otro hombre?
No, no lo sabe, replicó extrañada, ¿pero cómo lo supo usted?
Su lenguaje corporal me lo contó, le dije.
Se había sentado cruzando los tobillos. Yo no puedo hacerlo. La pierna derecha estaba puesta sobre la izquierda y el pie derecho se enganchaba con el otro por detrás del tobillo. Quedaba así trabada herméticamente. Mi experiencia me decía que una mujer casada que tiene un enredo amoroso y no quiere darlo a publicidad se sienta de esa manera.
Además, ella dijo mi marido amante, cuando lo normal hubiera sido mi amante marido.  Hablaba del marido pero pensaba en el amante. Trajo a este último para que yo lo conociera; hacía ya unos cuantos años que salían juntos. Otra vez vino a verme sola porque quería romper la relación con este hombre. Y su amante vino a verme porque tenía todos los días terribles dolores de cabeza. Me contó que él a su vez tenía problemas conyugales con su esposa y problemas con sus chicos, así que le pedí hablar con la esposa y le dije que quería ver a los chicos. La esposa vino a verme y trabó las piernas como la otra.
Le dije: Así que usted tiene un enredo amoroso con otro hombre.
Sí, confesó ¿se lo contó mi marido?
No, lo deduje de su lenguaje corporal. Ahora me explico por qué le duele la cabeza a su marido.
Hace unos años él me sugirió que saliera con algún otro hombre, dijo ella. La experiencia me resultó muy agradable. Luego mi esposo descubrió que no quería que esa relación continuase. No estoy segura, pero creo que sospecha que yo he continuado con ella. A veces me parece que lo sabe.
Más adelante le pregunté al marido, en estado de trance, por qué le había aconsejado a su esposa que saliera con otro hombre.
Yo estaba muy ocupado en esa época, me respondió, y pensé que no estaba cumpliendo mis deberes conyugales. Pero pronto sentí celos y le pedí a mi mujer que interrumpiera la relación. Me dijo que lo haría, pero ha llegado a mi conocimiento, por diversos datos, que continúa con ese asunto…sólo que yo no quiero darme por enterado.
Por eso le duele la cabeza, aseveré yo, ¿Qué quiere hacer al respecto?
Seguiré con mis dolores de cabeza, aseguró él.
En una época había estado a la cabeza del Partido Demócrata en el Estado de Arizona. Después renunció a esa actividad política para dedicarse a su mujer…pero ya era demasiado tarde.
Hay personas que mantienen ciertos dolores porque no quieren enterarse de algo, no quieren saber nada de eso.”

SOBRE LA MUERTE Y LOS MORIBUNDOS:

 [En respuesta a uno de sus alumnos quien manifestó su preocupación de que Erickson estuviera por morirse:]
“Creo que eso es totalmente prematuro. No tengo ninguna intención de morirme. ¡En realidad, sería la última cosa que haría!
Mi madre llegó a vivir 94 años; mi abuela y mi bisabuela tenían 93 o más. Mi padre murió a los 97 y medio. Estaba plantando árboles frutales y se preguntaba si viviría lo suficiente para comer alguno de esos frutos. Y tenía 96 ó 97 cuando estaba plantando árboles frutales.
Los psicoterapeutas tienen una idea errónea acerca de las enfermedades, los impedimentos y la muerte. Suelen hacer excesivo hincapié en eso de que hay que adaptarse a las enfermedades, los impedimentos y la muerte. Hay un montón de monsergas rodando por ahí acerca de la ayuda que debe prestarse a las familias que están de duelo. Yo pienso que ustedes deberían tener presente que desde el día en que nacen, empiezan a morir. Algunos son más eficientes y no pierden tanto tiempo muriéndose, mientras que otros esperan mucho tiempo.
Mi padre sufrió un grave ataque cardíaco a los 80. Estaba inconsciente cuando lo llevaron al hospital; mi hermana fue con él. El médico le dijo a mi hermana: No se haga demasiadas ilusiones. Su padre es un hombre anciano. Trabajó duro toda su vida y tiene una grave, muy grave afección coronaria.
Mi hermana me contó después: Solté la carcajada delante del médico y le dije: ¡usted no conoce a mi padre!
El médico estaba presente cuando papá recobró el conocimiento. ¿Qué pasó?, le preguntó papá, No se preocupe, señor Erickson, contestó el médico, ha tenido un gravísimo ataque de la coronaria, pero en dos o tres meses estará en casa como nuevo.
Mi padre se puso furioso: ¡Dos o tres meses! ¡qué disparate! Usted querrá decir que tendré que tendré que perderme una semana. A la semana siguiente estaba de vuelta en casa.
Tenía 85 cuando le dio un ataque cardíaco parecido al anterior. Estaba allí el mismo médico. Cuando recobró el conocimiento, papá le preguntó: ¿Qué pasó?. Lo mismo de antes, contestó el médico. Mi padre lanzó un gruñido y refunfuñó: ¡Otra semana perdida!
Tuvieron que hacerle una urgente operación de abdomen y le sacaron tres metros de intestino. Cuando se le fueron los efectos de la anestesia y ya se estaba recuperando, preguntó a la enfermera: ¿Qué pasó ahora? Ella le contó. Gruñó y dijo: Esta vez serán diez días en vez de una semana.
El tercer ataque cardíaco lo tuvo a los 89. Recobró el conocimiento y le preguntó al médico: ¿Lo mismo de antes, doctor? Sí, le contestó el médico. Bueno, esto de perder una semana cada vez se está convirtiendo en una mala costumbre.
Tuvo el cuarto ataque a los 93. Cuando recobró el conocimiento dijo: Honestamente, doctor, pensé que el cuarto me llevaría al otro mundo. Ya estoy empezando a perderle la fe al quinto.
A los 97 y medio, él y dos de mis hermanas planearon ir a pasar un fin de semana a la antigua comunidad de granjeros en que se había criado. Todos los contemporáneos de mi padre estaban muertos y algunos de sus hijos también. Planearon a quiénes iban a visitar, en qué motel se iban a hospedar y en qué restaurantes iban a comer. Cuando llegó el momento se dirigieron al automóvil. Al llegar a él, mi padre dijo: Oh, olvidé mi sombrero. Corrió a buscarlo. Mis hermanas aguardaron un tiempo razonable, luego se miraron fríamente una a la otra y dijeron: Sucedió. Entraron a la casa. Papá estaba tirado en el piso. Había muerto de una hemorragia cerebral masiva.
En cierta oportunidad mi madre, cuando tenía 93 años, se cayó y se quebró la cadera. Es ridículo que le suceda esto a una mujer de mi edad, dijo. Tengo que recuperarme. Lo hizo.[]
Su frase favorita era: En toda vida debe llover de vez en cuando, y algunos días ser tristes y oscuros.[]
Papá y mamá gozaron plenamente de la vida, siempre. Yo trato de inculcarles a los pacientes: Gocen de la vida, gócenla plenamente. Y cuanto más humor ponga uno en la vida, mejor se sentirá.
No sé de dónde sacó ese alumno la idea de que me estoy por morir. Voy a postergarlo.”

En sus últimos años Erickson dedicó un tiempo considerable a preparar a los demás para su muerte. No quería que el duelo por él se prolongara demasiado, y solía hacer bromas y ocurrencias para disipar la angustia que esto podía causar en la gente. Una vez, parafraseando a Tennyson, dijo: “Que nadie gima en el muelle cuando mi barco se haga a la mar”. Hablaba de la muerte con toda franqueza y, al igual que su padre, proyectaba el futuro en el momento de morir: estaba planeando las clases que daría el lunes siguiente. Rasgo típico fue la ausencia de funerales y de entierro. Sus cenizas fueron esparcidas por el cerro Squaw.”

(De “Mi voz irá contigo.. Los cuentos didácticos de Milton Erickson”. Paidós Terapia Familiar)

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