UN VALLE DE LÁGRIMAS

F. Bacon

“Llega una señora muy deprimida que me describe, como es usual en estos casos, una realidad de desesperación. Ella lo ve todo oscuro desde hace un tiempo, no hay nada que le divierta y se siente desmotivada hacia cualquier actividad.
Ella me dice que pasa la mayor parte de sus días en la cama, con la luz baja, ya que no le gusta hacer nada y se siente inútil para los demás y para el mundo. Afirma que tiene un marido que no se preocupa por ella, que pasa su tiempo entre el bar y los amigos, manifestando una completa indiferencia hacia su malestar. Además, sus dos hijos se casaron y se alejaron de la casa. Desde hace un tiempo ella tiene poco contacto con ellos, ya que entraron a formar parte de la familia de sus cónyuges. Por esto, ella se siente un poco traicionada por sus hijos porque, al parecer, prefieren a sus suegros que a sus padres.
En suma, el conjunto se presenta como un clásico cuadro depresivo, en el interior del cual la persona se siente víctima de la realidad como si ella misma no fuese partícipe de ésta.
Con este tipo de personas, cualquier actitud consoladora, aunque a menudo es lo que ellos esperan, no produce ningún efecto; por el contrario, la mayoría de las veces, se da un posterior arraigo de la posición de víctima.
Por lo tanto, es decididamente útil proceder como sigue:

-Usted tiene razón, en realidad la vida no es más que un valle de lágrimas. Venimos al mundo, en el fondo y finalmente, solamente para sufrir. Yo la comprendo bien porque también a menudo me pasa que lo veo todo oscuro y me parece que nada vale la pena. Sabe, somos todos como el personaje de un mito griego, Sísifo, quien por robarle a Zeus el fuego de la inteligencia y donarlo a los hombres, que después de todo no se lo merecían teniendo en cuenta el uso que hacen de éste, fue castigado y condenado a cargar eternamente una enorme roca y a subir por una montaña, para después, una vez que llegara a la cima, verla rodar cuesta abajo y recomenzar de nuevo. Yo creo que nosotros estamos en la misma situación, cada tanto podemos tener alguna pequeña alegría, pero después lo pagamos aún más caro.

Mientras yo procedía con esta deprimente y paradójica definición de la situación existencial de cada uno de los seres humanos, la señora estaba ahí, mirándome con los ojos desorbitados, hasta que me interrumpió y me dijo, con una actitud extrañamente consoladora:
Pero ¡ánimo doctor!, no sea tan trágico, en el fondo también hay cosas bellas en la vida, desafortunadamente pasan, pero pueden llegar otras, por eso precisamente usted se lamenta…
Yo insisto en mi actitud de “representar” el rol de depresivo y ella continua tratando de consolarme.
Toda la consulta procede en esa forma, con la paradójica situación de la paciente depresiva que intenta ayudar al doctor depresivo, pero mientras la paciente se esfuerza por levantar el ánimo del doctor, es como si saliera de su situación depresiva. De hecho, durante la sesión, la persona manifiesta sonrisas y reacciones decididamente activas, manifestaciones que no son precisamente las de un depresivo.
La semana siguiente, en la segunda consulta, la señora refiere que durante esa semana se sintió extrañamente tranquila, sintió ganas de hacer cosas y de hecho, a veces salió a hacer compras y fue a ver a sus hijos, quienes, por primera vez, estuvieron contentos de verla, según le pareció a ella.
Con respecto a ello, respondo:

No se ilusione, querida señora. A veces, parece que las cosas van mejor pero después es aún peor. Mire, después de una ilusión, la desilusión es aún más fuerte. No espere nada bueno, probablemente le espere algo aún peor…

Y continúo hablándole en este tono a la señora, quien me mira, con los ojos desorbitados, bastante sorprendida y comienza nuevamente a rebatir mi opinión: que corresponde a cada cual animarse, que se debe reaccionar, que no se puede echar la culpa siempre a los otros.
Como el lector comprenderá, la situación se invierte completamente, la paciente dice lo que debería decir el doctor, y viceversa.
La semana siguiente, ella refiere que estuvo todavía mejor, que retomó actividades abandonadas durante años, que fue varias veces a ver a sus hijos con quienes la relación parecía realmente haber cambiado. Incluso el esposo manifestó un poco de atención hacia ella.
Yo comienzo de nuevo representando el papel del depresivo, pero esta vez ella me interrumpe diciendo:
Sabe, ahora entendí todo lo que usted ha hecho, así que deje ya de disimular que está deprimido.
De esta forma la terapia continuó solamente durante algunas sesiones más, durante las cuales la señora y yo nos confrontamos de manera dialógica sobre lo que era mejor hacer para ella.

Con los denominados depresivos, el comportamiento terapéutico más funcional es el de estar más deprimidos que ellos, es como empujar aún más abajo a una persona que siente que se está ahogando: intentará regresar arriba por todos los medios.”

(De “Psicosoluciones”. Giorgio Nardone. Herder)

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