UN CASO PARA CLOÉ MADANES

“Vino una pareja a terapia con un problema grave. La esposa era diabética aguda y la bebida la llevaba a la muerte. Bebía media botella de vodka por noche y no prestaba atención alguna a su dieta y a su medicación. El marido no era del todo violento, pero era un hombre alto y enorme, que tenía violentos berrinches temperamentales. Era capaz de tomar, por ejemplo, un plato de espaguetis y arrojarlo contra la pared. La esposa era una mujer alta y gruesa, que venía a las sesiones vistiendo pantalón corto y llevando rulos en el pelo. Hablaban sin parar de cosas fútiles: del desván, del garaje, de lavar el perro, de sacar la basura, etc.
El terapeuta era un joven agradable. A medida que se esforzaba con esta pareja, parecía que se sentía cada vez más deprimido. Eran del tipo de gente que consigue que el más entregado de los terapeutas se pregunte: ¿Y para esto tuve yo que hacer el doctorado?. Como supervisora del caso, a mí me incumbía
el compromiso de motivar al terapeuta a interesarse más por la pareja.
Un día, pasadas ya varias sesiones, le dije:
Hoy me gustaría que fueras y le preguntaras a la mujer si ha visto o leído “Lo que el viento se llevó”. Ella te preguntará “Y por qué me lo pregunta?”. Dile que ella y su marido te recuerdan a Rhett Butler y a Scarlett O´Hara. También ellos tuvieron una tormentosa relación, y siempre se peleaban. Igual que Rhett, el marido está siempre al borde de la violencia. Como Scarlett, la esposa está siempre intentando cambiar a su marido, aunque nunca lo consigue; nunca consigue cambiarlo.
Cuando el terapeuta planteó la cuestión, el marido se miró inmediatamente en el espejo. El único parecido con Clark Gable era su bigote, que enseguida empezó a atusarse. La mujer dijo:
 ¡”Lo que el viento se llevó” es mi novela favorita! He leído el libro entero cinco veces. Probablemente he visto la película ocho o nueve veces. Y Scarlett sí que cambia a Rhett.


El terapeuta dijo: No, no lo hace. Le apuesto a usted 10 dólares a que no encuentra el pasaje en el libro que demuestre que ella le cambia. Me sorprende que, si usted conoce tan bien la novela y se parece tanto a Scarlett, continúe intentando cambiar a su marido, en lugar de disfrutar de su carácter imprevisible y de la apasionada relación que usted mantiene con él. La mujer dijo que leería otra vez el libro, pero las preguntas ya habían alterado el contexto para un tipo distinto de interacción. Se identificaban con un estereotipo cultural de pareja romántica y apasionada. El terapeuta, por el momento, los había elevado a una categoría superior.
Luego el terapeuta prosiguió: Me gustaría que describieran sus mejores recuerdos de su vida como pareja. Vuelvan a su pasado, en el momento en que se vieron por primera vez; ¿cuáles fueron los mejores recuerdos que han vivido juntos? En un primer momento, no consiguieron evocar buenos recuerdos. El terapeuta insistió: Habrá habido buenos momentos. Quizás su luna de miel, o el nacimiento del primer hijo. Poco a poco comenzaron a recordar. El marido contó que había ido en viaje de novios a un lugar de Florida, donde había delfines. Un día, se fue solo a la laguna de los delfines y aprendió las señales que el entrenador daba a los delfines para el show. Al día siguiente, salió con su mujer para dar un paseo por la laguna, hizo las señales, y los delfines salieron del agua para ofrecerle un show para ella sola. Al escuchar esto, el terapeuta comenzó a interesarse por el hombre. La mujer se enterneció al recordar aquel episodio.
Luego la pareja recordó otros incidentes encantadores. El terapeuta les dijo que deseaba que, para las dos semanas siguientes, hicieran exactamente una cosa: tener una buena experiencia que pudieran recordar diez años después a contar de entonces. Quién lavó los platos, quién sacó la basura, o quién limpió el desván eran cosas que no iban a ser recordadas pasados 10 años; pero un acontecimiento inusual, parecido al de los delfines, sería recordado siempre.

Aquel día vio la primera nevada del invierno. Cuando la pareja dejó la sesión, el marido construyó un monigote de nieve, representando a una mujer, a la puerta del Instituto; algo que todos siempre recordamos. Aquella pareja descubrió cosas maravillosas que hacer en Washington. Durante dos meses, la única directriz fue crear buenos recuerdos. Se abandonó toda conversación sobre su relación y la diabetes, a menos que se relacionara con los buenos recuerdos que estaban intentando crear. En menos de tres meses, la salud de la esposa mejoró muchísimo. Había dejado de beber, pese a que el terapeuta nunca le había hablado de la bebida, y ya se preocupaba por su dieta. Dieron las gracias al terapeuta y se acabó la terapia.
Crear buenos recuerdos es una de mis estrategias favoritas en terapia, buena también para aplicarla a nuestras vidas. Tengo la esperanza de que esta Conferencia sobre la evolución de la terapia ha de crear muy buenos recuerdos para todos”


(Del capítulo “Historias de psicoterapia” de Cloé Madanes“Terapia breve: filosofía y arte”. Giorgio Nardone y Paul Watzlawick. Herder)

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