LA CÓLERA QUE NO PERMITE EL LUTO

“F. tenía 31 años y estaba embarazada de 8  meses, cuando a medianoche se despertó al oír el timbre de la puerta: dos policías le informaron que L., su marido de 35 años, acababa de perder la vida en un accidente de tráfico mientras viajaba en compañía de 2 amigos.
A continuación le explicaron a la joven que los tres (incluido su marido) habían dado positivo en los test de alcoholemia y cocaína, única causa de un accidente aparentemente absurdo.
Cuando se somete a terapia ha pasado más de un año desde aquella noche, pero [], como ella misma afirma, <>.
Afirma con rabia y cierta dosis de agresividad que no consigue perdonar a su marido el hecho de haber bebido y consumido drogas con una mujer en casa que esperaba un hijo. []
La rabia parece que no deja espacio al dolor; parece que no le permite elaborar la pérdida del marido, el cual, precisamente en virtud de esa sensación, se halla presente en todo momento en la mente de la mujer, que parece que no puede dejar de <> a rencorosos soliloquios dirigidos a él. []
Mientras la rabia inunda la mente de la persona golpeada, no hay espacio para ningún otro tipo de trabajo. Es preciso hacer que fluya, de modo que pueda gestionar las restantes sensaciones que, en su interior, seguramente, se abrirán paso. Para obtener esto, se le dio una prescripción particular, que habitualmente se formula así:

<>

A través de esta medida, llamada epistolario de la rabia , la persona expresa y canaliza funcionalmente las peores sensaciones basadas en la cólera y el rencor, evitando por tanto mantenerlas vivas dentro de sí como una llama que quema implacablemente. Citando a Marco Antonio: <>. []
Lo que queda, agotada la rabia, es un fuerte dolor y la conciencia clara de que la persona amada ya no volverá. En este punto, el proceso terapéutico entra de lleno en la elaboración del dolor de luto.
F. vuelve a la segunda cita tres semanas después y, apenas se sienta, se echa a llorar desesperadamente. Entrega diez cartas, diciendo que [] ya no experimentaba rencor, sino solamente una profunda angustia y nostalgia frente al marido desaparecido. [] Confiesa, además, que nunca ha tocado sus cosas y que lo ha dejado todo como estaba la noche del accidente. []
El terapeuta destaca en este punto que el dolor del luto, a diferencia de otras sensaciones, nunca se cura del todo, sino que se decanta poco a poco. Lo que se puede hacer no es <> sino acompañarla en la elaboración de esta pérdida.
Se le prescribe, pues, una medida llamada galería de los recuerdos, que consiste en lo siguiente:

<> []

F. vuelve a la cita siguiente diciendo que inicialmente estuvo muy mal, que lloró, pero que poco a poco encontró agradable esta zambullida melancólica en los recuerdos (por otra parte, lo que llamamos melancolía no es más que el conjunto de dolor y placer relativo a algo que ya no nos pertenece). []
Esta tarea, además, conduce a la persona a percibir y aprender que existe un dolor fisiológico, sano, que no hay que ver como enfermizo, que nos hemos de conceder cada vez que la melancolía aflora. No existe un plazo para el luto, pero sí un modo de afrontarlo, gestionarlo y vivirlo que ayuda a la persona que lo sufre a salir adelante y encontrar poco a poco, en aquel dolor, el sentido de las cosas pasadas”

(De “Cambiar el pasado. Superar las experiencias traumáticas con la terapia estratégica” .Federica Cagnoni y Roberta Milanese. Herder Editorial)

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